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El Descenso

Introducción

Antes de comenzar a contarles mi historia, quisiera reflexionar sobre algunas cuestiones sobre la hipnosis y la sugestión posthipnótica, sucede que algunos conceptos son por decirlo así erróneos, por ejemplo, si bien es cierto que aún en el estado hipnótico mas profundo, uno no haría algo que estuviese en contra de sus personalidad, este hecho es fácilmente soslayable.

Ya sé, tu estarás pensando que en todas las cosas que uno sería absolutamente incapaz de hacer, incluso en los casos mas extremos, pero revisemos con un poco mas de profundidad, y recordemos que el sujeto en estado hipnótico es fácilmente sugestionable, esta es la idea de los tratamientos para dejar de fumar, en un estado de sonambulismo profundo, el hipnotizador implanta la idea en el sujeto que el tabaco tiene un gusto desagradable, que al fumar se siente enfermo, etc.

De la misma forma, un hipnotizador puede implantar un falso recuerdo, uno en el cual por ejemplo, en mi pubertad tuve una experiencia homosexual que fue agradable y que vagamente recuerdo, o guiar mi ensoñación para que fantasee una determinada situación (por ejemplo, que estoy teniendo relaciones sexuales con un travestí, y que esta es agradable, o que usar faldas o pantalones es solo una cuestión de moda).

En este sentido, existe abundante bibliografía sobre la implantación involuntaria de recuerdos por parte del hipnotizador e incluso, a la inversa, que la hipnosis no es confiable en la recuperación de recuerdos reprimidos.

Así, si hace un año me preguntabas si yo sería capaz de hacer las cosas que te voy a relatar a continuación, te respondería rotundamente que no, bajo ningún concepto yo podría hacer ciertas cosas, es mas, en su momento me provocaban aversión, rechazo y disgusto.

Como llegué entonces de ser un varón felizmente casado, fiel a mi esposa y completamente heterosexual a esta situación, en la cual comparto a mi mujer con otros hombres y mujeres, mientras que ella hace lo mismo conmigo?

Como en pocos meses he recorrido este camino, como es que mi esposa (a la que amo intensamente) ha aceptado esta transformación?

Bueno esta es la historia que quiero contarles.


Capítulo I - Una salida nocturna

- Vamos Enrique, es viernes por la noche, nos vamos a quedar en casa otra vez? Me preguntó Ana, mi mujer.

- Es que estoy cansado, hace poco he llegado del trabajo y pensaba pasar la noche juntos, ver una película, tomar algo y quizá, luego un poco de romance.

- Otra vez con ese cuento, siempre me dices lo mismo y a mitad de la película te quedas dormido en el sofá y yo sola y aburrida mirando como duermes.

Tengo que confesar que tenía razón, mas de una vez había propuesto el mismo plan y siempre me sucedía lo mismo. Puedes achacarlo a mi ritmo de vida, a que tengo mucho trabajo (sin quejarme, también tenemos un buen pasar económico), pero lo cierto es que para ella nuestra vida en pareja, a pesar de lo mucho que nos queríamos, se estaba tornando un poco monótona.

- Pero a ver un espectáculo de hipnosis, sabes que no me gustan ni creo en ese tipo de cosas, un hombre al que le hacen creer que es una gallina? Como quieres que lo tome en serio?

- Este es diferente, no es como esos espectáculos que ves en televisión en los que hacen pasar el ridículo a los participantes.

- Porqué no vamos a cenar? Repliqué.

- Porque por una vez me gustaría que hagamos algo distinto, además es el mismo espectáculo que hace dos meses fuimos a ver con mis amigas y te aseguro que vale la pena.

- Está bien, cedí finalmente, pero cuando me aburra recuerda por lo menos que te amo.

- Claro, ya tienes que echármelo en cara cuando hacemos algo que no te gusta.

- Vale, no discutamos, voy de buen grado y pondré toda la predisposición que tengo.

- Así me gusta, verás que no te arrepentirás.

La forma en que dijo esta última frase me resultó enigmática, pero lo atribuí a una promesa de buen sexo como premio por mi condescendencia, quizá, hasta me complacería con algo de sexo oral, algo que en general no le gustaba y que a mi me fascinaba.

Con esta fantasía en la cabeza fui a tomar un baño, pensando mas en nuestro retorno y en mi premio por ser un buen marido que en el espectáculo que iríamos a ver.

Salimos y nos dirigimos al local, estaba en un barrio apartado de la ciudad y no se trataba de un teatro, cosa que me sorprendió, sino mas bien de una especie de bar pequeño, sin ventanas, acondicionado en lo que parecía ser una casa antigua y espaciosa y con tan solo cinco mesas y un escenario.

El lugar estaba apenas completo, con todas sus mesas ocupadas pero no mas de dos o tres personas por cada una de ellas, esto le daba un ambiente muy intimista, tranquilo y confortable, que hizo comenzara a relajarme tan solo sentarme.

Evidentemente, la propuesta era no solo la de ver un show, sino de sentarse, tomar algo y entretanto, disfrutar de un espectáculo (de cuya calidad todavía seguía dudando).

Una hermosa camarera tomó nuestros pedidos (recuerdo haber pensado en dejar de mirarle el busto ya que de otra forma tendría problemas con mi mujer), tomamos unos tragos, conversamos, algo que hacia bastante tiempo no podíamos hacer y comencé a sentirme mas relajado, en determinado momento, se apagan las luces del salón, se encienden un par de reflectores sobre el escenario y comienza el show de Madame Jofranka.

Ingresa al escenario una mujer que directamente me dejó con la boca abierta, cabellera negra atada en una cola de caballo, un vestido negro de un material que a la distancia parecía látex negro, por el brillo y por la forma en que se adhería a su cuerpo, resaltando cada una de sus curvas, largo casi hasta los tobillos, pero con un impresionante corte a lo largo de su pierna derecha, ascendiendo casi hasta su cintura.

El maquillaje en tonos oscuros, con labios de un carmín intenso la hacían aún mas llamativa, completaba su atuendo con un par de medias negras y unos zapatos stiletto de un taco aguja de al menos doce centímetros que hizo me preguntara como hacía para caminar con tanta naturalidad.

- Buenas noches damas y caballeros, bienvenidos a mi show, soy Madame Jofranka y espero que esta noche no solo pasen un momento divertido, sino que pretendo en algunos aspectos cambiar su vida.

Semejante aseveración me pareció un poco arrogante y ya estaba confirmando mi teoría de que se trataba de una charlatana cuando dijo:

- Pero como ustedes supondrán, antes de comenzar necesito un voluntario del público, quien de ustedes quiere intentarlo?

Sin darme tiempo a reaccionar, Ana levantó mi mano y dice: - El por favor, es muy escéptico y quiza aprenda algo.

- No que haces, le dije a mi mujer, sabes que no me gustan este tipo de cosas. Que sucedería si me ve uno de mis clientes haciendo el ridículo?

- Vamos, casi no hay nadie en el salón, o acaso eres mariquita y no te animas?

Tocando mi orgullo masculino no pude menos que responder mientras me ponía de pié:

- Vas a ver como esta mariquita demuestra que esta mujer es una charlatana.

- Muy bien, dijo Madame Jofranka, veo que tenemos un voluntario, adelante por favor.

Me hizo subir al escenario, y entre dos camareras que ahora funcionaban como asistentes, acercaron un sillón y me invitaron a sentarme.

Estaba frente a la hipnotista y realmente de cerca era mas despampanante que de lejos, mi mirada recorría su cuerpo y no podía menos que detenerme en sus piernas y su busto alternativamente.

- Bien, relájese, confíe en mi, ahora quiero que mire con atención el pendiente que tengo en mi cuello.

El pendiente que tenía en el cuello era una delicada cadena de la cual pendía un cristal que descansaba justo en el medio de su busto.

- Bueno, si ella me lo pide. Pensé para mi mismo, alegre de tener permiso para contemplar con total desparpajo semejante belleza.

Sin embargo, dicen que lo bueno dura poco ya que este pensamiento es lo último que recuerdo, para encontrarme (en lo que a mi me pareció un instante) sentado en el sillón, Madame Jofranka a unos dos metros, y hablando al público mientras les decía:

- Y este como han podido contemplar, es el poder del hipnotismo, hemos recorrido brevemente la mente de este hombre, pero puedo asegurarles que de ahora en adelante no será la misma.

La sala, aún con poca gente, estalló en aplausos y pude ver a Ana aplaudiendo frenéticamente y con una enorme sonrisa en su rostro.

- Que pasó? Me hizo hacer el ridículo? le pregunté mientras me sentaba.

- Para nada, me contestó, en realidad, si fuera por tu participación hubiera sido bastante aburrido.

- Bueno, no depende de mi, tu fuiste quien quiso venir, no tienes porque quejarte ahora.

- Es que el espectáculo fue muy bueno en realidad.

- Entonces, que pasó, que hice.

- Nada que valga la pena mencionar, ya lo verás por ti mismo. Dijo mientras sonreía y me daba un beso.

Quedé totalmente intrigado con su respuesta, mas sabía que no tenía sentido seguir preguntando, cuando Ana se ponía misteriosa no había forma de sonsacarle nada.

El resto de la noche transcurrió con total naturalidad, tomamos otro trago y luego fuimos hasta nuestra casa, yo soñando con mi premio por haber cedido en su plan para la noche.

Cuando me acuesto, ella sale del baño y mientras yo pensaba - Ahí viene mi premio.

Se acerca, me acaricia y me dice: - Buenas noches princesa.

Casi como si hubiera activado un interruptor, comencé a quedarme dormido, no sin antes escuchar entre sueños a mi esposa que decía:

- Bienvenida al club.


Capítulo II - Semana I

Esa noche tuve el primero de muchos sueños que al menos pueden denominarse bizarros, me encontraba yo recostado en mi cama, reconocía mi cuarto, pero estaba solo, de pronto dos mujeres se acercaban, estaban las dos vestidas únicamente con pantimedias de color negro, zapatos del mismo color y sus brazos se encontraban cubiertos casi hasta los hombros de guantes de nailon también de color negro.

En una de ellas podía reconocer a Ana, mi mujer, sin embargo, el rostro de la otra me resultaba indistinguible, como si estuviera difuminado o fuera de foco. Ambas mujeres se acercaban a mi y comenzaban a acariciarme, alternándose mutuamente, mientras una rozaba sus piernas contra mi entrepierna y me masturbaba muy lentamente, sin permitirme llegar al orgasmo, la otra acariciaba mi tórax.

La sensación era indescriptible y tremendamente erótica, en mis sueños mi erección casi me dolía y mientras recibía estas atenciones oía una voz que decía:

- Imagina que hermosas sensaciones si no tuvieras todo ese bello corporal.

La frase se repetía una y otra vez y no podía menos que seguir esta fantasía, soñando que las sensaciones de sentirme acariciado se incrementarían.

Al despertar por la mañana me sentía terriblemente excitado, casi instintivamente busqué a mi esposa pero no la encontré. En la cocina hallé una nota que decía:

- Estabas durmiendo tan plácidamente que no pude despertarte, salí a hacer unos trámites. Diviértete mientras me esperas.

No supe muy bien que quiso decir con eso, así que me preparé un café, me senté frente a la computadora intentando trabajar un poco mientras desayunaba pero me fue imposible, la excitación con la que me había despertado no cedía y constantemente el recuerdo del sueño que había tenido volvía a mi mente.

Casi sin darme cuenta comencé a buscar en Internet sitios porno de la temática del nailon, encontré uno en el que las mujeres lo vestían desde los pies a la cabeza y se masturbaban exhibiéndose.

No pude resistirme mas y comencé a masturbarme mientras miraba estas mujeres, escenas de mi sueño acudían a mi cabeza y la frase sonaba una y otra vez.

Finalmente me imaginé a mi mismo, totalmente depilado y rodeado de nailon, momento en el cual eyaculé copiosamente como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Esta rutina se repitió por varios días, a la noche, en el momento de ir a la cama y cuando soñaba con tener sexo con mi mujer, esta decía: - Buenas noches princesa y yo automáticamente quedaba dormido para luego tener estos sueños eróticos en los que dos mujeres acariciaban mi cuerpo y se repetía constantemente la misma frase:

- Cuanto mas intensas serían tus sensaciones si no tuvieses bello corporal.

Cada día me levantaba mas excitado que el anterior, hasta que el miércoles, al levantarme y tomar un baño, casi automáticamente comencé a masturbarme y mientras lo hacía, noté que Ana había dejado en la repisa una botella de crema depilatoria.

Sin  darme cuenta, tomé el frasco de la repisa, leí rápidamente las instrucciones y apliqué una generosa cantidad sobre todo mi cuerpo, dejando solamente mi cuero cabelludo y mis cejas. Luego de quince minutos, me enjuagué y vi como todo el vello se escurría junto con el agua.

Siguiendo las instrucciones, me sequé y comencé a aplicar una crema suavizante para evitar la irritación. Aunque debo confesar que mas que irritación, la suavidad de mi piel me excitó mas todavía.

En ese momento entra Ana a la habitación y cuando me ve dice:

- Bueno, bueno, parece que has decidido cambiar tu aspecto.

- No se porqué le contesté, pero vi tu crema depilatoria y no pude resistir el impulso de probar, la sensación es increíble.

- Creo que me gusta me respondió. Mas todavía, creo que me excita verte así. Y mientras lo decía, se sacó un zapato y comenzó a acariciar mis genitales con su pié enfundado en un par de medias de nailon.

Nunca había tenido una fantasía de este tipo, pero fue casi como una descarga eléctrica, a los pocos minutos me oía a mi mismo pedirle disculpas por haber ensuciado sus medias con mi orgasmo.

- Caramba, parece que hemos descubierto que tienes un fetiche, aunque no me queda claro si es por que estas depilado, o por mis medias.

- Creo que es por las dos cosas le respondí, nunca lo sospeché pero me excita el verme a mi mismo depilado.

- Probemos con algo mas, me dice.

Fue hasta uno de sus cajones y vuelve con un par de pantimedias nuevas en la mano.

- Vamos a ver como te sientan un par de medias.

Yo debería haber respondido que no, jamás me verás con eso puesto. O mejor dicho, es lo que hubiera sido mi respuesta tan solo unas pocas semanas atrás, sin embargo, en ese momento, casi automáticamente extendí una de mis piernas para que ella pudiese colocármelas.

Hay ciertas cosas que nos dan placer, que incluso las repetimos varias veces y siempre nos resultan placenteras, es como la primera vez que tuvimos relaciones sexuales, quizá no fue la mejor, pero no la podemos olvidar, cada una de las sensaciones queda grabada a fuego en nuestra memoria.

Este fue uno de esos momentos, el sentir el roce del nailon por primera vez sobre mi piel, totalmente depilada y luego sentir el roce de mis piernas una contra la otra fue realmente indescriptible, lo he vuelto a sentir incontables veces y cada una de ellas es fantástica, pero la impresión de la primera vez no podemos olvidarla.

- Bueno, parece que te gusta me dijo mi esposa viendo que nuevamente tenía una erección.

Mientras lo decía, rozaba la punta de su zapato contra mi pene cubierto por la pantimedia, imposible describir la sensación que me produjo, estaba descubriendo nuevos placeres que jamás había soñado.

- Creo que es momento de detenerme, me dijo. Al fin y al cabo tu ya has tenido tu premio y vas camino al segundo mientras yo estoy esperando todavía.

Pensando que había llegado el momento de penetrarla, comencé a bajar la cintura de mis pantimedias.

- Todavía no, no te apures que no es eso lo que tengo en mente. Dijo mientras levantaba su falda y dejaba expuestos sus genitales ya que no tenía puesta ropa interior.

- Me gustaría que usaras tu lengua justo aquí, me dice mientras frotaba su clítoris con su dedo índice.

Tengo que confesar que esta no es una práctica que yo realizara muy frecuentemente, ambos teníamos el mismo inconveniente, nos encantaba recibir sexo oral, pero éramos reacios a brindarlo.

Sin embargo, con la excitación que tenía en ese momento no me detuve a pensar en viejas inhibiciones, me arrodillé frente a ella y prácticamente me zambullí en su entrepierna, poniendo mi lengua y mis labios a trabajar como nunca antes lo había hecho.

Percibí que estaba haciendo las cosas bien cuando ella me tomó la cabeza y comenzó a apretarla mas contra si misma, hasta tal punto que casi me costaba respirar, sin embargo, continué con mi labor y creo que mis esfuerzos se vieron recompensados ya que posteriormente me confesó que había tenido varios orgasmos mientras yo lamía sus genitales. 

Obviamente, estuve abocado a la tarea mucho mas tiempo de lo que pensaba.


Capítulo III - Semana II

A partir de ese día algunas cosas cambiaron en nuestra relación, no fueron grandes cambios, sino pequeñas cosas, por ejemplo, no pasaba un día sin que tuviéramos una o a veces dos sesiones similares, yo eyaculando con mi pene cubierto por un par de pantimedias, ella teniendo orgasmos mientras yo la besaba y las penetraciones fueron virtualmente inexistentes.

Hubo además otros dos cambios significativos, el primero, que yo me había transformado en una especie de adicto a las pantimedias y ahora tenía una colección completa de ellas, de varios colores y texturas, desde las del mas fino nailon, hasta las de lycra, opacas, brillantes, etc.

Me había acostumbrado tanto a ellas que las utilizaba las veinticuatro horas del día, algunas veces usaba un par todo el día debajo de mi ropa de calle, para después cambiarlas por un par limpio solo para ir a dormir, indescriptible la sensación del roce contra las sábanas, de una pierna contra la otra, de forma que estaba en un estado de excitación constante.

Otra cosa que cambió fueron mis sueños, se seguían repitiendo noche tras noche, pero ahora, se agregaban otros componentes, por supuesto seguían visitándome dos mujeres todas las noches, ambas enfundadas en nailon y en una de ellas creía reconocer a mi esposa, además, ahora en mis sueños yo vestía siempre pantimedias o al menos, medias con portaligas.

Sin embargo, en uno de estos sueños una de las mujeres, aquella que no podía identificar, en algún momento dejaba de prestar atención a mis genitales, se viraba y exponía su ano a centímetros de mi rostro, mientras oía una voz que decía:

- Lámelo

- Ve que rico que sabe

- La oirás gemir de placer

Inevitablemente, en mi sueño sucumbía a esta voz y primero tímidamente extendía mi lengua para acariciar el orificio de mi anónima amante, luego al oír los gemidos, mi excitación aumentaba y tomaba mas entusiasmo hasta que en mi fantasía, terminaba virtualmente violando con mi lengua la abertura que se me estaba ofreciendo.

En ese momento la voz cambiaba y decía:

- Que rico se siente

- Sería fantástico sentir el nailon en tus piernas y una lengua rozando tu ano

- Imagina sentir el placer que ella está sintiendo

Mientras la voz continuaba repitiendo su letanía una y otra vez, el sueño continuaba y la otra mujer, dejaba de atender mis genitales para comenzar a lamer mi pequeño agujero.

- Ves que rico que es

- No tienes porqué privarte de este placer

- Siente el roce del nailon y al mismo tiempo la lengua en tu ano

- Te gusta?

La letanía se repetía una y otra vez y el sueño se repetía una y otra noche, por supuesto, nunca tenía un orgasmo en mi sueño y siempre me despertaba mas que excitado.

Una noche, mientras repetíamos nuestro ahora habitual ritual de llevarme al orgasmo rozando sus pies contra mis genitales enfundados en pantimedias para que luego comenzara yo a besar frenéticamente sus genitales, estaba ella con las piernas abiertas y extendidas, mi cabeza profundamente metida en su entrepierna, y mientras la besaba, vi que quedaba expuesto su ano a poca distancia de mi lengua.

Casi como si estuviese en el sueño recibiendo una orden, sin pensarlo, comencé a introducir mi lengua en su cola mientras con mi dedo mayor estimulaba su clítoris.

- Si, sigue así por favor, no te detengas. Me dijo ella.

Estimulado por sus palabras continué, introduciendo mi lengua aún mas profundamente mientras continuaba acariciando su clítoris y oía como sus gemidos aumentaban de intensidad.

- Aguarda un momento, me dijo, mientras se levantaba y se colocaba en cuatro patas sobre la cama.

- Ahora tienes mejor acceso.

Es verdad, su culo estaba ahora totalmente expuesto y debo decir, por demás tentador, me coloqué detrás de ella y comencé a virtualmente violarla con mi lengua, tratando de introducirla lo mas profundo que podía.

Era tal su estado de excitación que comenzó a masturbarse ella mientras yo me dedicaba a lamer su orificio anal.

No recuerdo cuantos orgasmos tuvo, cada uno de ellos mas intenso que el otro, finalmente, agotados, nos recostamos uno al lado del otro.

- Siempre creí que eras bastante tradicional en materia sexual, me dijo, pero últimamente me parece que estás bastante mas creativo.

Nunca le había contado de mis sueños y no pude decirle ahora que estos eran la fuente de mi nueva creatividad.

- No quieres probar, te aseguro que es delicioso.

Este es otro momento en el que habitualmente yo hubiera dicho: - Jamás, quien te crees que soy.

Sin embargo, estaba mas que tentado de probar y no pude resistirme, me coloqué en cuatro patas yo también, y siento primero como ella me baja las pantimedias, acaricia mi ano con uno de sus dedos y luego, siento la deliciosa humedad de su lengua penetrándome.

Que placer, nunca había sentido algo así, comienzo a gemir, no se que hacer, quiero masturbarme, quiero que ella continúe, quiero que tenga una lengua mas grande, que no se detenga, me enloquece.

- Sigue así por favor, y mientras le digo, comienzo a masturbarme.

- No, todavía no, me dice ella y aparta mis manos de mis genitales, para comenzar a acariciarme los testículos a través de las medias mientras continúa trabajando con su lengua.

Me abandoné al placer en este momento y dejé que las sensaciones me invadieran, podía sentir como mi ano se relajaba ante los masajes que me daba con su lengua.

Al mismo tiempo, mi pene era imposible que estuviera mas erecto, casi podría decirse que me dolía de la excitación que sentía, Ana me sostuvo durante mucho tiempo al borde del orgasmo, nunca cesando de introducir su lengua dentro mío, pero deteniendo sus masajes en mis genitales cuando percibía que estaba a punto de eyacular.

Finalmente, cuando llegó, creo que fue el orgasmo mas fantástico que había tenido hasta ese momento, nos recostamos en la cama, uno al lado del otro, yo con mis medias totalmente empapadas con mi propio orgasmo entonces ella dice una vez mas:

- Buenas noches princesa.

Como en otras oportunidades, fue como activar un interruptor, y comencé a quedarme dormido inmediatamente, no sin antes percibir que ella mojaba sus dedos en mi semen y comenzaba a lamerlos. Y casi juraría que estando yo entre sueños, volvió a hacer lo mismo y mojó mis labios con mi propio esperma.


Capítulo IV - Semana III

Una vez mas, a partir de esa noche cambiaron algunas cosas, lo que antes era una vida sexual rutinaria y con una frecuencia que dejaba bastante que desear, se había transformado en un éxtasis continuo, yo estaba permanentemente excitado y en realidad era común que tuviéramos algún tipo de intercambio sexual al menos dos o tres veces por día.

Sin embargo, las penetraciones se hacían cada vez menos frecuentes, nuestros juegos involucraban el uso del medias de nailon, besos anales, sexo oral, estimulaciones de todo tipo y yo llegando al orgasmo durante la noche muy pero muy copiosamente.

Ya te he contado que me había transformado en una especie de adicto al nailon, incluso usaba medias bajo mi ropa de calle, bueno, ahora también me había transformado en un adicto a dar sexo oral a mi mujer y a recibir de ella la estimulación anal con su lengua. 

Demás está decirte que me mantenía completamente depilado, y me convencía a mi mismo que era por la agradable sensación que sentía al ponerme las medias.

Bastaba con que ella se insinuara para que automáticamente yo me pusiera en cuatro y le exhibiera mi ano para que lo lamiera.

Otra cosa que cambió, fueron los sueños que te he contado, la temática general era siempre la misma, dos mujeres a los lados de mi cama, rozando mi cuerpo con los suyos enfundados en nailon, pero parecía que con cada práctica que incorporábamos, aparecía una nueva fantasía en los sueños.

Ahora casi todas las noches yo soñaba como te decía estar en mi cama, las dos mujeres enfundadas en nailon, una de ellas ofrecía su ano para que lo besara, mientras la otra me masturbaba a través de las pantimedias que yo invariablemente tenía puestas en mi sueño.

Sin embargo en esta semana se incorporó un nuevo elemento, mientras besaba el ano de una de las mujeres, la otra me masturbaba, sin permitirme nunca llegar al orgasmo, y mientras hacía esto, comenzaba a explorar mi ano con uno de sus dedos.

No era todas las noches exactamente el mismo sueño, algunas veces una de ellas besaba el ano de la otra, otras veces me hacían poner en cuatro y mientras yo besaba el ano de una, la otra besaba el mío para luego comenzar a introducir uno de sus dedos.

A veces no era un dedo, sino que a lo largo de la semana fueron apareciendo pequeños vibradores que usaban para estimularme, y que fueron aumentando paulatinamente de tamaño.

En una oportunidad incluso me introdujeron un plug anal pequeño, y mientras yo sentía como se enterraba dentro mío, recibía los masajes en mis genitales, mientras, por supuesto, lamía el ano de la otra.

Si fue invariable la letanía que escuchaba mientras sucedían todas estas cosas:

- Que lindo que se siente verdad?

- No te gustaría tener un orgasmo así?

- Si estimulo tu próstata, tendrás un orgasmo sin tocarte.

- Que hermosa cola que tienes, es un desperdicio no aprovecharla.

- Ves que hay un mundo de nuevas sensaciones que no te atreves a explorar.

- No quieres probar cosas nuevas?

Estas son algunas de las que recuerdo, el hecho es que invariablemente, continuaba despertándome con una excitación terrible y realmente enloquecido por encontrar algún tipo de alivio.

De hecho, tengo que confesar que en mas de una oportunidad, mientras me estaba duchando por la mañana, masturbándome para tratar de encontrar algún alivio, me encontré a mi mismo explorando con un par de dedos mi cavidad anal.

No puedo mentirte, me encantaba y lo disfrutaba, explorar mi cola con mis dedos mientras me masturbaba era al mismo tiempo sensacional, en términos del placer que me proporcionaba, pero insatisfactorio ya que rápidamente llegaba al orgasmo.

Estos sueños de estimulación anal se repitieron varios días hasta que una noche, durante los juegos sexuales habituales con mi mujer, yo me coloqué en cuatro ansioso por recibir esa hermosa lengua en mi cola, sentí como me besaba y comencé a gemir hasta que en cierto momento, veo que toma algo que se encontraba debajo de la almohada y siento un líquido frío recorriendo mi cola.

- Que estás haciendo? Le pregunté.

- Tranquilo, es una sorpresa y estoy segura que te va a gustar.

Comenzó entonces a acariciar la entrada de mi cola con sus dedos, hasta que finalmente sentí como introducía uno de ellos dentro mío, deduje entonces (brillante deducción la mía) que lo que había hecho era ponerme lubricante.

Sigue jugando con su dedo dentro mío, y puedo asegurarte que tenía razón, me gustaba, me gustaba y mucho. Me abandoné entonces a sentir estas nuevas sensaciones hasta que en cierto momento, me doy cuenta, sorprendido, que ahora no tenía un dedo dentro mío sino dos.

Luego de un tiempo, vuelve a meter la mano debajo de la almohada (que mas guardaría ahí esta mujer por Dios) y casi inmediatamente, siento en mi cola un objeto un poco mas contundente que un dedo, la presión cesa, vuelvo a sentir un poco mas de lubricante y luego, la presión retorna, esto se repitió al menos tres o cuatro veces, no recuerdo muy bien porque personalmente debo confesar que este juego me estaba fascinando.

- Listo, ya está, te gusta? Me pregunta

- Que hiciste?

- No te ha gustado?

- Me encantó, pregunto por curiosidad que has hecho.

- En este preciso momento tienes dentro tuyo un plug anal, el mas pequeño que encontré por ser la primera vez. Estaba segura que te gustaría.

- Y tenías razón, dije mientras sentía la presión del juguete dentro mío.

- Pero no creas que eres el único que va a disfrutar, compré dos.

Sabiendo que esto era una invitación para que yo le pusiera el otro a ella, comencé a lamer su ano buscando relajarlo, nunca antes habíamos practicado nada parecido al sexo anal y suponía que debía ser cuidadoso y gentil para dilatar por primera vez su cola.

Al igual que ella, tomé un poco de gel y mientras lamía su clítoris, comencé a esparcirlo por la entrada, acariciando con mis dedos la apertura, esperando que se relajara y luego introduciendo muy despacio uno de mis dedos.

Una vez que estuvo dentro, comencé a moverlo entrando y saliendo muy lentamente mientras continuaba estimulando su clítoris.

- Ponlo de una vez que no puedo mas. Me dice desesperada.

- Paciencia, estos momentos hay que disfrutarlos, fue mi respuesta.

Tomé entonces el plug (que en realidad era tan solo un poco mayor que un dedo), lo lubriqué y de la misma forma que antes, lo coloqué delante de la entrada y haciendo una ligera presión, esperé que su ano se dilatara y tomara el juguete.

Al poco tiempo ya estaba completamente adentro y comencé entonces a retirarlo muy despacio, una vez introducido comprendí que por su forma, quedaba firmemente asegurado dentro de la cavidad.

Estando así, los dos con un plug puesto, fue que la penetré y mientras lo hacía ella jugaba con el plug en mi cola, moviéndolo, retirándolo un poco y volviéndolo a colocar, eran todas sensaciones nuevas y realmente estaba sintiendo un placer que nunca había sentido en mi vida.

Cuando terminamos de hacer el amor, los dos nos quedamos dormidos uno junto al otro con el plug puesto.


Capítulo V - Semana IV

Como podrás imaginarte, esta práctica se convirtió en una nueva rutina, de hecho, a ambos nos encantaba y solía ir a mi trabajo con el plug puesto y un par de medias bajo mis ropas.

La sensación de tener ese objeto dilatándome me excitaba sobremanera, especialmente soñando con la idea de llegar a casa por las tardes y continuar con los juegos anales que tanto mi esposa como yo habíamos descubierto. 

Mas aún cuando se hizo costumbre que ella me llamara por teléfono varias veces en el día para excitarme y nuestras conversaciones solían ser del tipo:

Ana: - Tienes el plug puesto?

- En este mismo instante estoy sentado sobre el.

- Te excita?

- Sabes que mucho y tu eres la culpable.

- Cuantos días hace que lo estás usando todo el tiempo?

- Creo que ya van dos días.

- Imagino que tu cola ya se debe haber dilatado, creo que tendré que comprar uno mas grade.

- Si tu lo deseas yo no puedo negarme.

- Y tu que deseas?

- Me excita la idea de probar uno mas grande, de hecho me enloquece pensar en el momento en que me lo introduzcas.

- Creo entonces que esta noche te espera una sorpresa.

Quieras creerlo o no, estaba totalmente enloquecido, ahora habíamos entrado en una rutina en la que cada dos días, ella compraba un plug nuevo, cada vez de mayor tamaño, de forma que casi sin darme cuenta, poco a poco había pasado de usar el mas pequeño del mercado a uno de unas dimensiones mas que generosas que una semana antes te habría dicho que era imposible que eso entrara dentro de mi ano.

Paralelamente, mis sueños fueron cambiando paulatinamente, todas las noches se presentaban en mi cama mi esposa y la misteriosa mujer, ambas vestidas con medias 7/8 de nailon, zapatos o botas de taco aguja, corsé y, en el caso de Ana que era quien podía distinguir el rostro, un maquillaje intenso, labios rojos cereza, sombras oscuras en los ojos, pestañas y uñas postizas imposiblemente largas.

Pero la novedad esta semana fue que mi esposa portaba un strapon, un arnés atado a su cintura que sostenía una prótesis sumamente realista, emergiendo obsceno de su entrepierna.

La misteriosa mujer me toma por los hombros y me acuesta boca arriba en la cama, y mientras levanta mis piernas para exponer mi ano, mi esposa se acomoda y retira el plug que tengo puesto, siento como el glande artificial presiona contra la entrada de mi cola, gimo de placer e intento separar mis nalgas invitándola a que me penetre, mientras escucho una voz que me dice:

- Así muy bien, verás que placentero que es.

- Tienes que probar cosas nuevas.

- Verdad que te gusta?

- Siente como ella te penetra, disfrútalo.

Y mientras Ana me penetra, llegando a sentir como los testículos de látex golpean contra mis glúteos, la otra mujer comienza a acariciarme lentamente los testículos, recorriendo con sus uñas toda la dimensión de mi pene que en este momento está mas grande que nunca en mi vida.

Finalmente, tengo un orgasmo que se derrama sobre mi abdomen, la mujer lo limpia con su lengua y luego, besa a mi esposa y veo como le pasa todo el líquido que había tomado de mi abdomen.

Mi mujer se retira no sin antes volver a colocar el plug dentro mío.

Este sueño se repitió durante toda la semana con algunas variaciones, parecía adaptarse a lo que sucedía durante el día, así por ejemplo, cuando Ana me esperaba con un plug de tamaño mayor, esa misma noche, en mis sueños, se aparecía con una prótesis de mayor tamaño también.

De esta forma, al finalizar la semana estaba utilizando una prótesis que hasta el momento solo había visto en alguna película pornográfica.

Otra diferencia era que no siempre me penetraba en la misma posición, unas veces hacía que me colocara en cuatro patas, otras que me recostara boca arriba en la cama, y en algunas oportunidades de costado.

Invariablemente ellas recolectaban mi orgasmo, algunas veces se lo pasaban de la boca de una a la otra, en otras oportunidades lo recibían en una mano, para luego lamerla entre las dos mientras se besaban.

Siempre se escuchaba la misma frase:

- Que delicia, deberías probarlo, pero no te preocupes, ya llegará el momento.

Llegamos así al viernes, momento en que Ana me propone salir nuevamente a ver el show de Madame Yofranka, en realidad yo no estaba muy convencido, pero dada nuestra actividad sexual durante las últimas semanas, debo confesar que me encontraba mucho mejor predispuesto a satisfacer los caprichos de mi mujer.

Llegamos entonces al mismo lugar y veo que tan solo estaban ocupadas dos mesas, una con las cuatro amigas de Ana y otra con otras cuatro mujeres, incluso la barra estaba vacía y no se veía ninguna camarera dispuesta a tomar nuestro pedido.

- No se como puede funcionar este sitio si ni siquiera están interesados por vender bebidas comenté al grupo de mujeres.

- Cállate Enrique que ya comienza el show, me dijo una de ellas.

Inmediatamente, se encienden las luces sobre el escenario y aparece una vez mas Madame Yofranka, mas espectacular aún que la primera vez, un vestido sumamente entallado, sus pechos parecía que iban a saltar por encima del escote, la falda, con su habitual corte a un costado que llegaba casi a la cintura y dejaba ver parte de sus glúteos y sus piernas enfundadas en medias negras de nailon parecía que no terminaban nunca.

- Buenas noches damas dice Madame Yofranka, y en ese momento hace una pausa y mirándome dice: y caballero.

No puedo entenderlo pero eso es lo último que recuerdo, inmediatamente me dormí, como si hubiesen accionado un interruptor y tuve uno de los mas extraños sueños, si es que cabe que había tenido hasta el momento.

Recuerdo que Madame Yofranka pide una voluntaria del público y todas las mujeres de mi mesa y de la única otra mesa ocupada levantan la mano, ella entonces elige una participante de la otra mesa, la toma de la mano y la acompaña hasta el centro del salón, donde le pide que se incline y recueste sobre una mesa desocupada.

Entonces, Madame Yofranka levanta la falda de la mujer, para luego bajar su ropa interior y dejar expuesto su ano.

Comienza a acariciarlo, a jugar con sus dedos en el, primero uno, luego dos, y finalmente tres.

Cuando ya pensaba que era de lo mas extraño, Madame entonces corre su falda y sosteniéndola a un costado de su cuerpo, introduce la otra mano en su ropa interior, para sacarla sosteniendo un miembro masculino que haría la envidia de cualquier actor porno, comienza a masturbarse mientras le pregunta a la mujer que estaba recostada:

- Lo quieres?

- Si Madame, lo necesito.

- Que quieres?

- Su pene dentro mío Madame.

- Que harías para tenerlo?

- Lo que usted desee.

- Cualquier cosa?

- Si Madame, cualquier cosa que me pida.

- Incluso entregarte al único hombre de la sala?

- Por supuesto Señora, será un placer para mí.

- Entonces lo tendrás.

Para ese momento, el pene de Madame estaba completamente erguido y puedo decir que fácilmente debía medir unos veinticinco centímetros, lo presenta en el ano de la mujer y esta lo engulle por completo, como si se tratase de una cosa cotidiana.

Comienza entonces a cabalgarla, para después de un momento, mirarme y decirme:

- No quieres probar, es delicioso.

No se que decir, mi mujer está al lado mío, como salir elegantemente de esta situación?

Me viro para buscar alguna indicación de ella y veo que tanto Ana como sus amigas, se habían levantado la falda y tenían todas puesto un arnés con una prótesis que nada tenía que envidiarle en tamaño a los genitales de Madame Yofranka.

Mientras recorría el cuerpo de su pene artificial con su mano como si se estuviese masturbando, y visiblemente excitada, me dice:

- Ve, será divertido, yo te miro desde aquí.

Como un sonámbulo me acerco a la pareja que estaba sobre la mesa, Madame comienza a retirarme mis pantalones y al hacerlo, quedo expuesto con las pantimedias y el plug que llevaba puesto.

- Que hermoso detalle, me dice mientras juega con una mano en mi cola y la otra acaricia mis genitales.

Mi erección en ese momento era como pocas veces recuerdo haber tenido una, me coloco un preservativo y en el momento en que estoy por penetrar a la desconocida el sueño sufre otra transformación.

De pronto, mis manos ya no eran mis manos, bueno, en realidad si lo eran, podía reconocer mi brazo con seguridad, pero parecía que se había producido una metamorfosis, pegadas a mis brazos se encontraban unas manos que no podían ser mías, totalmente femeninas, con uñas largas, pintadas de un cereza oscuro, anillos y una apariencia que bien podría haber sido de cualquier mujer.

Sin embargo, estaban pegadas a mis brazos, y de hecho podía sentir perfectamente todo aquello que tocaba, era una sensación sumamente extraña, al mirar, parecía que una mujer me estaba masturbando, pero las sensaciones eran que yo estaba tocando un pene (el mío).

Aunque te cueste creerlo, si ya estaba excitado, esto me excitó aún mas todavía, máxime cuando al penetrar a la mujer analmente, ella comienza a gemir y Madame me acerca sus genitales diciéndome:

- Vamos, acaríciame, es lo menos que puedes hacer luego del regalo que te he hecho.

Sin voluntad propia, al fin y al cabo era un sueño, y mientras cabalgo a la mujer comienzo a masturbar a Madame quien parece complacida y me dice:

- Despacio, no quieres que termine ahora cuando recién estamos empezando.

Como si fuese una orden, el resto de las mujeres se levanta y se dirige cada una de ellas hacia una de las mujeres del otro grupo, mientras se acercan, se exhiben con sus penes artificiales, masturbándose.

Cada pareja de las recién formadas tomó distintas posiciones, una de las mujeres se sentó en una especie de sofá de cuero y su pareja se sentó sobre el arnés y comenzó a hamacarse.

Otra de las mujeres, recostó el torso de una de ellas sobre la barra, y luego de levantar la falda, la empaló de una sola estocada.

Finalmente, la tercera de las amigas de Ana, se acercó a la última de ellas y le ofreció su falo para que lo besara.

Mientras tanto, Ana, seguía sentada en la mesa, masturbándose y mirándonos con una lascivia que nunca había visto en ella.

- Ven conmigo, al fin y al cabo tu eres la promotora de todo esto, le dice Madame a mi esposa.

Ella se recuesta su espalda sobre la mesa, al lado nuestro y levantando sus piernas, ofrece su cola a mi mujer, quien sin pensarlo dos veces, la penetra llegando con sus testículos artificiales hasta las nalgas de Madame, comienza entonces a moverse dentro de ella mientras alternativamente besa uno y otro pecho.

Yo estaba embelesado con la imagen, todas las mujeres portando arneses y cabalgando a otras tantas mujeres, Madame Yofranka que resultó en mi sueño ser un travesti, siendo cogido por mi mujer, mientras tanto, yo penetrando analmente a una completa desconocida mientras un par de manos femeninas acariciaban las caderas mi nueva posesión.

Finalmente y luego de un tiempo, mi nueva pareja me dice:

- Déjame darme vuelta que quiero llegar.

No podía negarme a semejante pedido y me retiro para que ella se de vuelta, cuando lo hace, me dispongo a penetrarla nuevamente cuando veo que en vez de una vagina, tenía unos genitales exactamente iguales a los míos, y no solo eso, todas las mujeres del otro grupo, que estaban siendo penetradas por las amigas de Ana, eran también travestís.

No podía salir de mi asombro, y sin pensarlo, casi en forma automática, la penetré una vez mas y continué moviéndome dentro de ella.

- Ayúdame a terminar me dice.

- Como? pregunto inocentemente.

- No me masturbarías un poco por favor?

- Hazlo Enrique, me dice mi mujer al lado mío, no sabes como me excita.

Tomo su pene con mis nuevas y afeminadas manos y comienzo a masturbarla, hasta que poco tiempo después eyacula manchando mis manos con su semen.

Ella entonces toma mi mano, y comienza a lamer uno por uno mis dedos, casi hambrienta por no desperdiciar nada de su propio orgasmo.

Cuando me retiro, comienza ella a masturbarme y casi inmediatamente llego yo también al clímax, esa vez para verterlo en su otra mano que había colocado como si fuese un cuenco.

Comienza a lamer, pero antes de terminar de beberlo todo me dice:

- No quieres probar? Es delicioso.

Extiende su mano hacia mi boca y lo creas o no, en mi sueño extiendo mi lengua y comienzo a beber los restos de mi orgasmo hasta que su mano quedó completamente limpia.

- Que vergüenza. Escucho la voz de Ana.

- Como?

- Que es una vergüenza, te quedaste dormido ni bien comenzó el espectáculo.

Miro a mi alrededor y la escena no guardaba relación con mi sueño, las cuatro extrañas estaban sentadas en la mesa al lado nuestro, reconocí a la mujer que no era mujer que había penetrado y era realmente hermosa, en ese momento pensé: - No importa que sea travestí, me encanta.

Miro mis manos y eran mis manos de siempre, giro mi cabeza y cuando me encuentro con las miradas de las amigas de mi esposa lo único que veo es desaprobación.

- Que verguenza, repite ella una vez mas.


Capítulo VI - Semana V

Al despertar esa mañana de sábado, me sentía extrañamente descansado, pero con un leve zumbido en la cabeza, como si hubiera bebido demasiado la noche anterior, aunque recordaba perfectamente que no había tomado ni un sorbo. 

Ana ya estaba despierta, preparando el desayuno en la cocina, y cuando entré, me miró con una sonrisa juguetona que me desconcertó.

- Buenos días, princesa. ¿Dormiste bien después de tu siesta en el show?

- No empieces con eso –respondí, ruborizándome un poco–. No sé qué me pasó, pero el espectáculo de Madame Jofranka debe ser tan aburrido que me quedé dormido. ¿Qué hice? ¿Ronqué?

Ana se rio suavemente, sirviéndome una taza de café.

- Nada del otro mundo, amor. Solo... te relajaste mucho. Pero el show fue increíble, como siempre. Las chicas y yo lo pasamos genial. Deberías intentarlo despierto la próxima vez.

No insistí más, porque algo en su tono me decía que no sacaría nada en claro. 

El resto del día transcurrió con normalidad: salimos a caminar por el parque, almorzamos fuera y por la tarde nos dedicamos a tareas domésticas. 

Sin embargo, noté que mi excitación habitual no disminuía. Llevaba mis pantimedias bajo los pantalones, como ya era costumbre, y el plug –el más grande hasta ahora– me recordaba con cada movimiento lo mucho que había cambiado nuestra intimidad en tan poco tiempo.

Esa noche, al meternos en la cama, Ana se acercó a mí con esa mirada pícara que tanto me encendía últimamente. Me besó el cuello y susurró:

- ¿Quieres jugar un poco, princesa?

Antes de que pudiera responder, sentí cómo mi cuerpo se relajaba instantáneamente, como si sus palabras activaran algo en mí. Me quedé dormido al instante, y el sueño que siguió fue más vívido que nunca.

En el sueño, estaba de nuevo en el salón de Madame Jofranka, pero esta vez el lugar estaba iluminado con luces tenues y rojas, creando un ambiente cargado de misterio. 

Las mujeres del público –incluyendo a Ana y sus amigas– estaban sentadas en círculo alrededor del escenario. 

Madame Jofranka apareció, con su vestido negro ajustado, pero esta vez llevaba un collar con un pendiente que brillaba hipnóticamente. Me llamó al centro, y sin poder resistirme, subí.

- Relájate, Enrique –dijo ella, balanceando el pendiente ante mis ojos–. Deja que tu mente se abra a nuevas posibilidades.

De pronto, las mujeres del círculo comenzaron a desvestirse lentamente, revelando arneses con prótesis realistas, como en mi sueño anterior. 

Pero esta vez, no eran solo ellas: yo sentía un cambio en mi cuerpo. Miré hacia abajo y vi que mis manos eran delicadas, con uñas largas y pintadas de rojo intenso. Mis piernas, enfundadas en medias de nailon negras con portaligas, se veían más esbeltas, más... femeninas.

Tenía puesto además un corsé negro con portaligas, intenté tocarme el pecho, y un abultamiento, como si tuviera un par de prótesis mamarias, mis pies, estaban enfundados en un par de botas negras también de taco aguja.

Una de las mujeres –la misma que en mi sueño anterior había resultado ser un travesti– se acercó y me besó el cuello, susurrando:

- ¿No te sientes hermosa así? Imagina lo que podrías hacer con un cuerpo como este.

Ana se unió, colocándome un sostén de encaje sobre mi pecho imaginario, y mientras lo ajustaba, sentí una oleada de placer. La voz de Madame resonaba en mi cabeza:

- Siente la suavidad, princesa. Tus curvas son tuyas. No hay nada malo en explorar esto. Te excita, ¿verdad? Imagina maquillarte, ponerte tacones... ser deseada.

La escena se intensificó: me pusieron un vestido ajustado, similar al de Madame, y me hicieron desfilar ante el grupo. Cada paso en tacones imaginarios me hacía sentir una mezcla de vergüenza y excitación abrumadora.

Una de las amigas de Ana se acercó y obligándome a recostarme contra la barra, procedió a penetrarme con su strapon mientras que otra, subida a la barra ofrecía su ano para que lo lamiera, y todo el tiempo, la letanía continuaba:

- Ser femenina es natural para ti. Lentamente, lo aceptarás. Tus sueños te guían.

Me desperté jadeando, con una erección dolorosa y el cuerpo cubierto de sudor. Ana dormía plácidamente a mi lado, pero yo no podía quitarme esas imágenes de la cabeza. 

Por primera vez, sentí una curiosidad inexplicable: ¿cómo se sentiría probar algo más... femenino?

Durante la semana, los cambios fueron sutiles, pero inevitables.

El lunes, mientras me duchaba, noté que mi piel seguía suave tras la depilación habitual, pero ahora me encontré mirando el maquillaje de Ana en el baño. 

Casi sin pensarlo, tomé su lápiz labial y me lo apliqué torpemente en los labios. Me miré al espejo: se veía ridículo, pero... excitante. Lo borré rápido, avergonzado, pero la idea quedó rondando.

El martes, Ana llegó a casa con una "sorpresa": un par de tacones bajos, "para jugar en la cama". Al principio protesté, pero cuando me los puse sobre las pantimedias, la sensación de caminar con ellos –inestable al inicio– me provocó una erección inmediata.

Esa noche, nuestros juegos incluyeron que yo desfilara para ella, y mientras lo hacía, ella me penetró con un strapon nuevo, más grande. Mis gemidos fueron más agudos, más... sumisos.

- Te ves tan sexy así, princesa –dijo ella, y yo no pude negarlo.

Los sueños nocturnos se intensificaron: ahora, en ellos, mi transformación era más profunda.

Me veía con senos falsos, maquillaje completo y peluca.

Las mujeres de mis sueños me trataban como a una de ellas.

Una de las mujeres del grupo, cuya identidad continuaba desconocida para mí, se quitó la ropa interior revelando un pene de generosas dimensiones y ofreciéndomelo para que lo besara, mientras que la otra, mi querida esposa, me penetraba con un strapon mientras me susurraban que "pronto lo harías despierto". La voz repetía:

- La feminización es placer. No lo notas, pero te cambia. Disfrútalo, princesa.

Esta escena se repetía todas las noches, unas veces, era mi esposa quien me penetraba mientras que la otra me ofrecía su pene para que lo besara y terminaba eyaculando en mi boca, otras veces la situación se invertía y era mi mujer quien me ofrecía su pene artificial mientras que la otra me penetraba hasta terminar dentro mío.

En estos casos, era inevitable que luego de terminar, mi esposa comenzara a lamerme el ano hasta beber el orgasmo y luego pasármelo en un beso profundo.

Para el jueves, ya usaba el maquillaje de Ana en secreto durante el día, solo un poco de rímel y labial, borrándolo antes de que ella llegara. 

Me excitaba mirarme al espejo, imaginando ser esa "princesa" que ella mencionaba. 

Nuestros encuentros sexuales ahora involucraban que yo me vistiera con su lencería: sostenes, tangas, y hasta un corsé que "encontré" en su armario. Ana lo alentaba, diciendo que me hacía "más sensual".

El viernes por la noche, Ana me esperaba con una sorpresa mas, al llegar a casa me tomó de la mano y me llevó directamente a la habitación.

- Hoy será una noche especial, me dijo, tengo un par de sorpresas que encontré en un lugar que me recomendaron que seguro te encantarán, desnúdate por completo.

Sorpresas, que lugar le habrán recomendado, quien le está dando sugerencias a mi esposa, pensé mientras me desvestía temeroso de que nuestros juegos íntimos no fueran tan íntimos, pero al mismo tiempo excitado ante la perspectiva de nuevos juegos.

Se dirigió al armario y de uno de los cajones tomó una caja pequeña, de terciopelo, se acercó hasta mi y abriéndola me mostró su contenido.

- Que es eso, le pregunté ya que yo solo veía un disco de metal con pequeños orificios.

- Es un dispositivo de castidad invertido, estoy segura que te gustará.

- Cada vez te entiendo menos, yo sabía lo que era un dispositivo de castidad, pero no tenía nada que ver con lo que me estaba presentando.

- Mira, dijo retirándolo de la caja, y pude ver que del disco salía un pequeño tubo de metal.

- Ves, este tubo va en tu uretra, dijo mientras lo lubricaba y pasaba de la explicación a la acción, insertando el pequeño tubo en mi uretra, luego, lo introducimos así y colocamos esto así, y ya está, lo sujetamos así y ahora tienes una entrepierna totalmente plana.

Dicho y hecho, el dispositivo dejaba mi entrepierna totalmente plana, plegaba mi pene sobre sí mismo, la sensación al principio fue extraña, no era dolor, era una sensación totalmente nueva al estimular mi uretra.

- Y ahora que, no puedo hacer nada con esto puesto.

- No te preocupes, hoy no lo vas a necesitar.

- Y eso para que es? Pregunté señalando una especie de cordón que acompañando al dispositivo, se encontraba en la caja.

- Ya lo verás, pero ahora vamos a vestirte como corresponde, se dirigió al armario y comenzó a arrojar ropas sobre la cama.

Extrañamente, eran las mismas ropas que yo soñé tener puestas en mis sueños, corsé negro con prótesis mamaria de talla doble D, medias de nailon negras, botas de caña alta con taco aguja, una peluca, uñas postizas, un set de maquillaje y accesorios como anillos, pulseras y collares.

Comenzó a transformarme y luego de aplicar el maquillaje, me hizo desfilar por la habitación, con el plug puesto para aumentar el contoneo de mis caderas y finalmente nos paramos una al lado de la otra frente al espejo.

- Hoy ya no está Enrique entre nosotras, ahora eres Enriqueta.

Debo confesar que al ver la imagen, si no hubiera tenido el dichoso dispositivo habría empezado a masturbarme frente a mi propia imagen.

- Espérame un momento, ya vuelvo, yo también tengo que prepararme.

Me entretuve un rato contemplando mi propia imagen e incluso, comencé a ensayar poses sensuales frente al espejo, me acosté en la cama levantando una pierna, me inclinaba hacia adelante mostrando mi nuevo busto, ensayaba besos, así estaba cuando retornó ella.

- Bien veo, que te ha gustado. Fue lo primero que dijo.

Sin embargo, al darme vuelta para verla todas mis fantasías tomaron forma, era la viva imagen de una Diosa dominante, botas de caña alta con taco aguja, corsé que resaltaba su figura y realzaba su busto, maquillaje intenso, el cabello atado en una cola de caballo, pero lo que mas me impresionó fue un nuevo strapon que no conocía, no solo era mas grande que los anteriores, sino que se veía mas rígido y curvado hacia arriba.

- Te gusta, está específicamente diseñado para estimular la próstata, hoy vas a tener un orgasmo anal.

- Quien te recomendó estas cosas, le pregunté en un último intento de resistencia, aunque yo misma ya estaba salivando al verlo, un momento pensé, yo misma, ya estoy pensando en mi con un pronombre femenino?

- Pero primero lo primero, ahora vas a ver para que sirve esto, dijo tomando la cuerda de plástico que había notado antes, lubricándola e introduciéndola en el orificio de mi dispositivo de castidad.

Dolor, placer, a veces es difícil distinguir uno del otro, sensaciones que no conocía recorrieron mis genitales y terminaron inundando mi cuerpo, ella, lentamente, introducía la cuerda por el orificio y cuando estaba por completo dentro mío (unos veinte centímetros), procedía a retirarlo lentamente, una y otra vez, el dolor dio paso al placer y ya estaba arañando la ropa de cama con mis uñas postizas, mientras mis piernas abrazaban su torso, no podía mas, no hubiera imaginado nunca que tal placer era posible, sin tener la oportunidad de tocarme siguiera.

- Ahora viene lo bueno me dijo, coloca tus tobillos sobre mis hombros, y comenzó a ejercer presión con el strapon en la entrada de mi cola, este fue penetrando lentamente hasta que pude sentir sus caderas contra mis nalgas y entonces comenzó a cabalgarme, no furiosamente, sino con mucha lentitud, podía sentir como el falo artificial entraba y salía de dentro mío.

- Ahora eres mi amante lesbiana.

- Como tu digas querida.

Entonces un breve cachetazo me aturdió, no fue fuerte, solo para llamarme la atención.

- Nada de querida, cuando estés así vestida, con el dispositivo puesto, me perteneces, te dirigirás a mi como Ama o Señora, está claro?

- Si Señora, soy su esclava.

- Excelente, ahora date vuelta, quiero penetrar a mi perrita en cuatro.

Obedientemente me dí vuelta y me puse en cuatro patas, ofreciéndole mi ano.

Ella, primero colocó un pequeño plato entre mis piernas, justo debajo del dispositivo de castidad antes de penetrarme y entonces comenzó a cabalgarme nuevamente, no lentamente como antes, sino con un entusiasmo que no le conocía.

- A ver como acaba mi nueva esclava.

Dicho esto, la estimulación previa mas la estimulación de mi próstata se sumaron y comencé a tener un orgasmo, el semen se escurría del dispositivo de castidad y caía sobre el plato que había colocado antes.

Cuando el plato estaba rebosante, ella lo se retiró de dentro mío, tomo el plato y contemplándolo me dijo:

- Mira como has acabado, me ofreció el plato - Bébelo, bébelo todo mi putita.

Casi sin pensarlo, sin darme cuenta, tomé el plato con mis dos manos y comencé a lamer su contenido hasta que no quedó nada, me había tragado mi propio orgasmo, pero estaba tan excitada que aún cuando no quedaba nada, continuaba lamiéndolo.

- Bienvenida al club, fue lo único que me dijo y yo me quedé pensando, que significaba eso el club.


Capítulo VII - Semana V

El sábado propuso volver al show de Madame Jofranka. Esta vez, no me resistí. Llegamos, y el salón estaba más lleno: mujeres elegantes, algunas con parejas. Madame apareció, y al verme, sonrió enigmáticamente.

- Bienvenido de nuevo, voluntario. ¿Listo para profundizar?

No recuerdo nada más. Me dormí al instante, y el sueño fue caótico: me transformaban completamente en una mujer, con curvas, voz aguda y un deseo insaciable de ser penetrada. Al final, Madame me susurraba: "Pronto, princesa, lo harás despierto. Ana te guiará."

Desperté en casa, con Ana a mi lado, sonriendo.

- Buen show, ¿eh? Mañana seguimos.

No sabía qué había pasado, pero sentía que algo en mí había cambiado para siempre. La feminización continuaba, lenta e inexorable, sin que yo lo notara de forma consciente.

La semana comenzó con una rutina que ya se sentía natural, pero con un matiz nuevo: una urgencia por explorar más allá. 

El sábado por la mañana, mientras Ana salía de compras, rebusqué en su armario y encontré una peluca rubia y un vestido corto. Me lo puse todo: lencería, tacones, maquillaje. 

Me miré al espejo y, por primera vez, no sentí ridículo. Sentí... deseo. 

Me masturbé allí mismo, imaginando ser penetrada por Ana y sus amigas.

Cuando ella volvió, me encontró así. En lugar de sorprenderse, sonrió.

- Mi princesa está lista para jugar de verdad.

Esa noche, introdujimos roles: yo era su "chica sumisa", y ella me dominaba con el strapon, llamándome por nombres femeninos. Los sueños ahora me mostraban como una mujer completa, participando en orgías donde era el centro de atención. La voz hipnótica repetía:

- Acepta tu feminidad. Es tu nuevo yo. Sin darte cuenta, te transformas.

Poco a poco, empecé a usar ropa femenina en casa todo el día: faldas, blusas, incluso salí a la calle con pantalones ajustados que disimulaban mis pantimedias. 

Ana compró hormonas "para un juego", pero en realidad, las tomaba sin cuestionar, sintiendo cambios sutiles en mi cuerpo: piel más suave, caderas ligeramente más anchas.

Para el final de la semana, en el próximo show de Madame, ya no era Enrique. Era Enriqueta, lista para el siguiente paso en mi descenso.


Capítulo VIII - Semana VII

La transformación se había acelerado, aunque yo, Enrique –o lo que quedaba de él–, no lo notaba del todo. 

Cada día me sentía más cómodo en mi piel suave, depilada, enfundada en nailon y lencería que ahora consideraba "normal" para nuestros juegos. 

Ana me animaba sutilmente, comprando más prendas femeninas "para divertirnos", y yo las aceptaba sin cuestionar, atribuyéndolo todo a una fase de exploración sexual. Pero los sueños... oh, los sueños se habían vuelto un torbellino de intensidad que me dejaba exhausto y anhelante al despertar.

Esa noche de sábado, después del show de Madame Jofranka donde nuevamente me había "dormido" sin recordar nada, Ana me besó la frente y susurró: "Buenas noches, princesa". 

Como siempre, fue como un interruptor: caí en un abismo de visiones que superaban cualquier cosa anterior.

En el sueño, no estaba en nuestra cama ni en el salón de Madame. 

Me encontraba en un vasto salón de espejos, iluminado por candelabros flotantes que proyectaban sombras danzantes. Mi reflejo me devolvía una imagen distorsionada: yo, pero con curvas pronunciadas, senos plenos que se agitaban con cada respiración, caderas anchas y una cintura ceñida por un corsé de encaje negro y nuevamente utilizando el dispositivo de castidad invertido. 

Llevaba un vestido rojo sangre, escotado hasta el ombligo, con una falda que se abría en un corte alto, revelando piernas interminables en medias de nailon negras y tacones de aguja que me obligaban a caminar con un contoneo hipnótico. 

Mi rostro era el de una diosa: maquillaje dramático, labios carnosos pintados de escarlata, ojos ahumados que exudaban seducción. 

Una peluca de ondas negras caía sobre mis hombros, y sentía el peso de pendientes colgantes rozando mi cuello.

Madame Jofranka apareció frente a mí, no como hipnotista, sino como una dominatriz suprema, con un látigo en una mano y un pene colosal emergiendo de su entrepierna.

-  "Mírate, princesa", ronroneó, su voz resonando en los espejos como un eco infinito. "Esto es lo que siempre has sido. Siente cómo tu masculinidad se disuelve, gota a gota, en placer puro".

Ana y sus amigas entraron en el salón, cada una vestida como versiones exageradas de sí mismas: corsé de látex, botas hasta los muslos, y arneses con prótesis que pulsaban con vida propia, como si estuvieran imbuidas de energía hipnótica. 

Me rodearon, sus manos enguantadas recorriendo mi cuerpo transformado. 

Una de ellas, Madame Jofranka que ahora reconocía como la mujer sin rostro de mis sueños, me empujó contra un espejo, levantando mi falda para exponer mi ano dilatado, aún con el plug más grande insertado.

- "¿Sientes el vacío, princesa? Necesitas ser llenada", susurró la voz en mi cabeza, ahora más fuerte, más insistente. 

Ana se posicionó detrás de mí, retirando el plug con un pop audible que me hizo gemir. Su strapon, más grande que nunca, presionó contra mi entrada. 

Lo sentí entrar centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite, mientras las otras mujeres me sujetaban. 

Una lamía mis "senos", mordisqueando pezones imaginarios que enviaban descargas de placer a mi entrepierna. Otra me besaba, su lengua invadiendo mi boca mientras sus uñas arañaban mi espalda.

El ritmo se intensificó: Ana me embestía con fuerza, golpeando mi próstata en cada envión, haciendo que mi pene –aún presente, goteara pre-semen a sobre las medias de nailon. La letanía volvió, pero amplificada, como un coro de voces:

- "Siente cómo te feminizas, princesa. Tus hormonas cambian, tus curvas crecen. Esto no es un sueño; es tu realidad emergiendo".

- "Anhela ser penetrada, ser sumisa. Tu viejo yo se desvanece en éxtasis".

- "Prueba tu esencia, lame el placer que derramas. Es dulce, como tu nueva feminidad".

Una de las amigas recolectó mi fluido en su mano y lo untó en mis labios. 

Lo lamí instintivamente, saboreando lo salado-dulce, y el placer se multiplicó. 

El salón giraba, los espejos reflejando infinitas versiones de mí siendo tomada por el grupo: en cuatro patas, de rodillas chupando un strapon mientras otra me penetraba, incluso suspendida en el aire por cadenas invisibles.

El clímax llegó en oleadas: eyaculé sin tocarme, mi cuerpo convulsionando mientras las voces gritaban: "¡Más profundo! ¡Acepta tu transformación!". 

Desperté empapado, con el corazón latiendo a mil, y Ana durmiendo a mi lado como si nada.

Durante la semana, los sueños se volvieron aún más vívidos y frecuentes, invadiendo incluso siestas cortas. 

Cada uno añadía capas: en uno, me inyectaban hormonas reales, sintiendo mis senos crecer en tiempo real; en otro, participaba en una orgía donde travestis como la del sueño anterior me enseñaban a moverme como mujer, penetrándome mientras repetían: 

- "Tu consciencia no lo sabe, pero tu subconsciente obedece". 

Despertaba excitado, pero con una confusión creciente que atribuía al estrés.

Ana notó mi inquietud y "sugirió" más juegos: compró senos falsos de silicona y una peluca. "Solo para probar", dijo. 

Los usé esa noche, y el sexo fue explosivo –ella me penetró mientras yo me miraba en el espejo, sintiendo un eco de los sueños. 

Sin darme cuenta, empecé a tomar pastillas que ella dejó "por accidente" en el baño, pensando que eran vitaminas. Mi piel se suavizaba más, mis emociones fluctuaban.

Para el viernes, propuso otro show. "Verás que esta vez no te duermes", bromeó. 

Llegamos, Madame me miró y... blackout. 

El sueño fue el más intenso: me convertía completamente en mujer, casándome con Ana en una ceremonia hipnótica, siendo su "esclava" eterna. Al despertar, sentí un anhelo profundo por más.


Capìtulo IX - Semana VIII

Los sueños ahora eran un torbellino constante, borrando la línea entre vigilia y sueño. Esa noche, tras el "buenas noches, princesa", caí en un laberinto de placer prohibido.

Estaba en una mazmorra subterránea, atada a una cruz de San Andrés, mi cuerpo completamente feminizado: senos talla D, el dispositivo de castidad nuevamente colocado, maquillaje corrido por lágrimas de éxtasis. 

Madame Jofranka presidía, con un traje de dominatriz completo, látigo en mano. "Tu descenso es inevitable, princesa. Siente cómo la hipnosis te moldea".

Ana y un grupo de mujeres –incluyendo travestis del salón– me rodeaban, cada una con strapons vibrantes. 

Me azotaban suavemente, cada latigazo enviando ondas de placer. Una introdujo un vibrador masivo en mi ano, para luego activarlo a máxima potencia, mientras otra me obligaba a chupar su prótesis, profunda en mi garganta.

La voz hipnótica tronaba:

- "Tu mente se rinde. Eres Enriqueta ahora. Anhela pollas reales, no solo juguetes. Pronto, lo harás despierto".

Me penetraron en cadena, uno tras otro, mi cuerpo arqueándose en orgasmos múltiples sin fin. 

Probé semen –imaginario, pero real en sabor– de cada una, lamiendo ávidamente.

Desperté temblando, con Ana susurrando: "Pronto, amor". 

Durante la semana, los sueños escalaron: involucraban hombres reales, chupando penes en glory holes, siendo sometida en el salón de Madame. 

Sin saberlo, empecé a buscar porno similar en secreto, masturbándome con plugs cada vez más grandes.

Ana me ordenó llevar puesto en todo momento el dispositivo de castidad "para intensificar el placer", encerrando mi pene. 

Los juegos ahora me tenían como su chica total: maquillada, vestida, penetrada horas. Tomaba más "vitaminas", notando cambios reales: menos vello, sensibilidad en pezones.

El viernes, en el show, Madame dijo: "El final se acerca". 

Blackout. Sueño: era una prostituta feminizada, sirviendo a clientes bajo hipnosis. Al despertar, sentí que mi viejo yo se desvanecía por completo.


Capítulo X - Semana IX

La semana había sido un torbellino de sensaciones confusas, un vaivén entre la realidad cotidiana y esos "sueños" que me dejaban exhausto, pero inexplicablemente adicto. 

Mi vida con Ana se había transformado en un ritual constante de placeres nuevos: lencería que ya no quitaba ni para trabajar desde casa, plugs que dilataban mi cuerpo durante horas, y sesiones donde ella me dominaba con strapons cada vez más realistas. 

Tomaba esas "vitaminas" que me dejaba en el baño, notando cómo mi piel se volvía más suave, mis caderas un poco más redondeadas, y mis emociones más volátiles. 

Atribuía todo a la excitación, al estrés, a cualquier cosa menos a lo que realmente estaba pasando. Ana me animaba con sonrisas enigmáticas, llamándome "princesa" cada noche antes de que el sueño me arrastrara.

El viernes llegó con la propuesta habitual: volver al show de Madame Jofranka. "Será el último por un tiempo", dijo Ana, con un brillo en los ojos que me inquietó, pero que atribuí a la promesa de una noche intensa. 

Llegamos al salón, ahora más familiar, con las mesas ocupadas por las amigas de Ana y un grupo de mujeres elegantes que reconocí vagamente de visitas anteriores –o de mis sueños, ya no estaba seguro. 

El lugar estaba tenuemente iluminado, con un aroma a incienso que me relajaba instantáneamente. 

Nos sentamos, y Madame Jofranka subió al escenario, más imponente que nunca: su vestido negro de látex brillaba bajo los reflectores, el corte lateral revelando medias de nailon y tacones que resonaban como un latido hipnótico.

- Buenas noches, damas... y princesa –dijo, clavando su mirada en mí. El público rió suavemente, pero yo sentí un escalofrío. ¿Princesa? ¿Cómo sabía...?

Sin darme tiempo a procesar, balanceó su pendiente –ese cristal que descansaba entre sus pechos generosos– y murmuró: 

- "Relájate, Enrique. Es hora de profundizar". 

Mis ojos se clavaron en él, y el mundo se desvaneció en un remolino de oscuridad. Caí en lo que creí era otro sueño, pero esta vez... esta vez era diferente. Más nítido, más real.

En la "visión", estaba en el centro del escenario, pero no como Enrique. 

Mi cuerpo se sentía extraño: senos pesados presionando contra un sostén de encaje, caderas anchas ceñidas por un corsé, y entre mis piernas, nuevamente el dispositivo de castidad que mantenía mi pene encerrado, inofensivo. 

Llevaba un vestido rojo similar al de mis sueños, con falda corta que rozaba mis muslos enfundados en medias negras con portaligas. 

Tacones altos me obligaban a equilibrarme con gracia femenina. 

Mi rostro... toqué mis labios, sintiendo el grosor del labial escarlata; mis ojos, pesados por pestañas postizas y sombras oscuras. 

Una peluca de ondas negras caía sobre mis hombros. Me miré en un espejo que alguien –¿Ana?– sostenía frente a mí: era una mujer. Completamente feminizada. Enriqueta.

El público aplaudía, pero no era un sueño. Sentía el aire fresco en mi piel, el roce del nylon, el peso de los senos falsos que ahora parecían parte de mí. 

Madame Jofranka se acercó, su voz resonando en mi cabeza como una orden irresistible: - "Despierta, princesa. Ha llegado el momento de la verdad".

Parpadeé, y el "sueño" no se disipó. Estaba despierto. Realmente despierto. 

Miré hacia abajo: el vestido, los tacones, el maquillaje... todo era real. 

Mi corazón latió con fuerza. ¿Cómo? ¿Cuándo? 

Recordé flashes: las noches en que Ana me vestía "para jugar", las "siestas" en los shows anteriores, los "sueños" donde me transformaban paso a paso. 

No eran sueños. Eran sesiones hipnóticas reales, sugestiones posthipnóticas que me habían moldeado sin que mi consciencia lo notara. 

La depilación, el nailon, los plugs, la feminización... todo implantado por Madame, orquestado por Ana. 

Me habían cambiado, lenta e inexorablemente, sin que yo lo supiera, sin que me diera cuenta que cada paso, estaba destinado inexorablemente a transformarme en lo que era ahora.

- ¿Qué... qué me han hecho? –balbuceé, mi voz saliendo más aguda, modulada por la hipnosis o por las hormonas que ahora comprendía que no eran vitaminas.

Ana se levantó de su asiento, sonriendo triunfal, flanqueada por sus cuatro amigas. 

Todas llevaban arneses bajo sus faldas, prótesis realistas asomando obscenamente. 

Detrás de ellas, el grupo de "mujeres" elegantes se reveló: travestis, hermosas y dominantes, con curvas perfectas y miembros erectos que nada tenían que envidiar a los artificiales.

- Bienvenida al club, Enriqueta –dijo Ana, acercándose al escenario. 

Sus amigas la siguieron, rodeándome. Madame Jofranka rio suavemente, apartándose para observar.

Intenté resistir, pero una orden susurrada por Madame –"Sométete, princesa"– activó algo en mí. 

Mi cuerpo se relajó, mis rodillas flaquearon. Ana me empujó suavemente hacia una mesa en el centro del salón, similar a la de mis "sueños". 

Me inclinó sobre ella, levantando mi falda para exponer mi ano dilatado, aún con el plug más grande insertado. Lo retiró lentamente, y sentí el vacío, el anhelo implantado por meses de sugestiones.

- Has sido una buena chica –murmuró Ana, posicionando su strapon en mi entrada–. Todo esto ha sido real, amor. Tus sueños eran recuerdos reprimidos. Ahora, lo aceptarás todo.

Entró en mí de una estocada, profunda y posesiva. Gemí, no de dolor, sino de placer hipnótico. 

Sus amigas se unieron: una me obligó a chupar su prótesis, entrenándome la garganta; otra lamía mi dispositivo de castidad, burlándose de mi pene encerrado. 

Los travestis se acercaron, sus penes reales –calientes, pulsantes– reemplazando los artificiales. Uno me penetró mientras Ana observaba, susurrando: - "Mira qué bien lo tomas, princesa. Esto es lo que siempre has querido".

El salón se llenó de gemidos: yo, sometida en el centro, penetrada por turnos por Ana, sus amigas y los travestis. 

Probé su esencia, lamiendo ávidamente como en los "sueños", mi mente finalmente rindiéndose. Madame Jofranka observaba, su pendiente balanceándose, reforzando la hipnosis: - "Esto es tu nueva realidad. Feminizada, sumisa, eterna".

Cuando terminaron, exhausta y cubierta de placer, Ana me besó. "Ahora eres mía por completo". Comprendí que no había vuelta atrás. Mi descenso había culminado.


Capítulo XI - Semana X y Más Allá

Los días siguientes fueron una extensión de esa noche: vivía como Enriqueta en casa, feminizada las 24 horas, sirviendo a Ana y sus amigas en sesiones hipnóticas. 

Madame Jofranka nos visitaba ocasionalmente, profundizando las sugestiones. Mi viejo yo se desvanecía, reemplazado por una sumisa adicta al placer. 

Compartíamos todo: hombres, mujeres, travestis. Ana me amaba intensamente, y yo a ella, en esta nueva forma. El hipnotismo había ganado; mi transformación era completa, eterna.

Han pasado meses desde esa noche reveladora en el salón de Madame Jofranka. Lo que comenzó como una salida nocturna inocente se convirtió en el catalizador de mi completa metamorfosis. 

Enrique ya no existe; soy Enriqueta, una mujer feminizada hasta lo más profundo de mi ser, moldeada por sugestiones hipnóticas que se infiltraron en mi subconsciente sin que yo lo notara de forma consciente hasta el final. 

Ana, mi esposa –ahora mi ama y compañera en esta vida retorcida–, me guía con una mezcla de amor posesivo y dominación sutil. 

La hipnosis no terminó esa noche; Madame Jofranka nos visita regularmente para "reforzar" las sugestiones, asegurándose de que mi nuevo yo se arraigue permanentemente.

Mi rutina diaria es un tapiz de sumisión y placer constante. Me despierto cada mañana en nuestra cama king-size, enfundada en un camisón de seda rosa que roza mi piel ultrasensible –efecto secundario de las hormonas que Ana me administra disfrazadas de "suplementos para la vitalidad". 

Mi cuerpo ha cambiado de verdad: senos reales que han crecido gracias a los tratamientos, y a un par de cirugías donde me colocaron las prótesis mas grandes del mercado, caderas más anchas, y una voz que se ha afinado con práctica y sugestiones vocales hipnóticas. 

Me miro en el espejo del baño mientras me maquillo –labios rojos, ojos ahumados, como en mis "sueños" que resultaron ser recuerdos reales– y siento una oleada de excitación. No hay vuelta atrás; mi mente ha sido reescrita para anhelar esta feminidad.

El día comienza con servicio: preparo el desayuno para Ana, vestida como una mucama francesa sobre lencería negra y medias negras de nailon que nunca me quito. 

Ella me besa el cuello, susurrando "buena chica, princesa", y a veces me recompensa con una sesión rápida –su strapon penetrándome mientras estoy inclinada sobre la encimera, mis gemidos resonando en la cocina. 

Trabajo desde casa ahora, como asistente virtual, pero mis "pausas" involucran plugs vibrantes que Ana controla remotamente desde su oficina, recordándome mi sumisión. Si intento resistir –un eco fugaz de mi viejo yo–, una frase trigger de Madame me devuelve al éxtasis obediente.

Las tardes son para "socializar". Ana me ha introducido en un círculo exclusivo: sus amigas y los travestis del salón, que ahora son mis "hermanas" en esta vida. 

Nos reunimos en casas privadas o en el salón de Madame, donde las sesiones hipnóticas grupales profundizan nuestra feminización. 

He aprendido a moverme con gracia en tacones altos, a coquetear con hombres reales que Ana invita ocasionalmente –primero como "juego", luego como realidad. 

Recuerdo mi primera salida pública: vestida con un vestido ceñido, maquillada a la perfección, caminando por las calles de la ciudad tomada del brazo de Ana. 

Los hombres me miraban, y en lugar de vergüenza, sentía un cosquilleo de deseo implantado. Esa noche, en casa, Ana compartió conmigo un amante –un hombre musculoso que me penetró mientras ella observaba y se masturbaba, susurrando órdenes hipnóticas que me hicieron suplicar por más.

Con el tiempo, mi vida se ha expandido más allá de lo doméstico. Ana me inscribió en clases de "etiqueta femenina" dirigidas por Madame Jofranka, donde aprendo a ser la perfecta sumisa: cómo arrodillarme con elegancia, cómo usar mi boca para complacer, cómo mantener mi dispositivo de castidad invertido como símbolo de control. 

Las hormonas han suavizado mis rasgos; solo se libera para "entrenamientos" donde Ana me enseña a ordeñarme sin tocarme, solo con estimulación anal.

Los fines de semana son orgías controladas: fiestas en el salón donde soy el centro de atención. 

Las amigas de Ana me usan con sus strapons, los travestis me enseñan trucos de feminidad mientras me penetran, y hombres seleccionados por Madame se unen, sus miembros reales llenándome de una forma que los juguetes nunca igualan. 

Todo bajo hipnosis: Madame balancea su pendiente, y mi mente se apaga, dejando solo placer. Ana siempre está allí, filmando discretamente para "nuestros recuerdos", o uniéndose para reclamarme como suya.

Pero no todo es físico; hay un lazo emocional profundo. Ana me ama intensamente, cuidándome con ternura después de cada sesión –baños calientes, masajes, susurros de afirmación hipnótica. 

- "Eres perfecta así, Enriqueta", dice, y yo lo creo. Mi viejo rechazo ha sido borrado; ahora, la feminización es mi identidad. He empezado a salir sola: compras en boutiques de lencería, donde las vendedoras me tratan como a una mujer más, o citas arregladas por Ana con travestis que me guían en mi "evolución".

Ocasionalmente, un flash de duda surge –¿quién era Enrique?–, pero una llamada a Madame lo disipa con una sesión remota. Mi vida post-transformación es un éxtasis perpetuo, un descenso completado en sumisión total. Ana y yo compartimos todo: amantes, secretos, hipnosis. Soy suya, eternamente princesa.

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