Todo por una apuesta
Ana Raquel
anaraqueltv@outlook.com
Sinopsis: Todo comienza con una apuesta entre dos maridos y sus esposas. En poco tiempo, todo se sale de control y ambos son lentamente feminizados, transformados y dominados por sus mujeres.
Los personajes:
- Ana – Mi esposa
- Enrique – Yo mismo
- Matilde – Vecina y amiga de Ana
- Ricardo – Esposo de Matilde y amigo mío
Introducción:
Hace seis meses:
Ana (mi esposa) y yo, Enrique, somos una pareja cercana a los cincuenta años. Vivimos solos ya que nuestro hijo se emancipó hace casi cinco años y vive en otro país donde entendía que podía desarrollar mejor su profesión. Ella es enfermera en una clínica de salud mental y yo, por mi parte, soy ingeniero. Tenemos una vida cómoda y tranquila y vivimos en un departamento de cuatro ambientes en una zona acomodada de la ciudad. Uno de los cuartos siempre estuvo destinado a estudio y es donde tenemos nuestros libros, computadoras, documentos de trabajo, etc. Otro cuarto era la habitación de mi hijo y, desde que se fue a vivir solo, está completamente vacío. Finalmente, el último cuarto es la habitación matrimonial.
Por esas casualidades de la vida, hace unos dos años aproximadamente, se mudó al departamento que está justo encima del nuestro otra pareja de nuestra misma edad. La esposa de este matrimonio, Matilde, es justamente compañera de trabajo de mi esposa; también es enfermera, aunque su relación era más bien esporádica porque trabajaban en distintos sectores.
Pero al vivir tan cerca unos de otros, la relación entre ellas comenzó a estrecharse. Al poco tiempo, ya viajaban juntas al trabajo, compartían el automóvil para reducir gastos y este trato cotidiano les permitió conocerse mejor, conversar durante el viaje y trabar una amistad que excedía lo laboral.
Al poco tiempo comenzamos incluso a compartir tiempo juntos: disfrutando del tiempo libre en la piscina del edificio, saliendo de compras en grupo, etc. Como además el esposo de Matilde, Ricardo, también era ingeniero (aunque de otra especialidad), nosotros dos también trabamos una relación de amistad y disfrutamos de la compañía en conjunto.
Se convirtió entonces en un ritual que los sábados por la noche compartiéramos la cena, a veces en nuestro departamento y otras en el de ellos, para después de cenar salir todos juntos a tomar unas copas.
Fue justamente un sábado, mientras salíamos a tomar algo, que nos encontramos en un bar donde un hipnotizador llamaba a gente del público y luego les ordenaba hacer las clásicas gracias de estos shows: el típico «eres una gallina» y el asistente comenzaba a cacarear, etc.
—Esto está arreglado —dije yo al instante—. Es imposible que alguien me haga creer que soy una gallina; seguramente no es alguien elegido al azar, sino un compinche del hipnotizador.
—Completamente de acuerdo —me contestó Ricardo—. No entiendo cómo alguien puede hacerme creer que soy un gato y luego ordenarme que olvide todo.
—No sé —respondió mi esposa—, la hipnosis es real. Lo veo todos los días en la clínica; hay algunos médicos que hipnotizan a sus pacientes y, por sus informes, obtienen resultados muy positivos.
—Entonces es porque son tan falsos como el showman que tenemos adelante. Seguro inventan más de la cuenta en sus informes para quedar como grandes médicos.
—Claro, entonces todos en la clínica son tontos y no cuestionan los informes —respondió Matilde.
—No digo eso —respondí—, pero me resulta más fácil creer que un médico o un psicólogo exagere en sus informes a que mediante una sesión de hipnosis puedan alterar la mente de una persona.
—No es una sesión sola —me respondió Matilde—. Ana y yo hemos visto cómo semana a semana los pacientes hacen progresos, sobre todo en aquellos que padecen fobias. Parece ser muy efectivo.
—Tendrían que mostrarme pruebas muy contundentes para convencerme de eso —le respondió Ricardo.
Aquí Ana se enojó bastante (creo que pocas veces la vi así).
—¿Pero qué crees? ¿Que somos tontas? ¿Que no somos capaces de ver los progresos de un paciente, de ver cómo mejora su calidad de vida? No te olvides que hablamos de un tema que ustedes no conocen y que nosotras, además de haber estudiado, llevamos veinte años trabajando allí. ¿No les basta con nuestra palabra?
—Ya lo dijo Enrique —intervino Ricardo—: saben que nosotros somos de las ciencias duras y tendrían que mostrarnos pruebas al respecto para que las tomemos en cuenta.
—Si quieren pruebas, se las voy a dar entonces —respondió Matilde—. ¿Qué te parece lo siguiente? Ustedes nos van a dar seis meses a Ana y a mí. Durante este tiempo los someteremos a varias sesiones de hipnosis para que hagan algo que ahora no estarían dispuestos a hacer de ninguna forma. Es una apuesta: si dentro de seis meses nosotras conseguimos que hagan algo que ahora repudiarían, ustedes nos pagan a las dos un crucero de una semana.
Por otra parte, si nosotras no conseguimos modificar su conducta, seremos nosotras las que les paguemos un crucero de una semana y, además, tendrán pase libre para hacer lo que quieran durante esa semana.
Miré a Ana para saber si estaba de acuerdo con esos términos, sabiendo que la idea de darme un pase libre durante una semana le gustaría muy poco.
—Hecho. Por mi parte no hay problema —respondió Ana.
Esto me preocupó un poco, porque sabiendo lo celosa que era, debería estar muy segura de ganar la apuesta.
—¿Y qué es lo que nos harán hacer entonces? —preguntó Enrique.
—Dos cosas —respondió Ana—. Primero, no lo tenemos decidido; tendremos que conversar con Matilde para ver qué puede ser. Y además, ustedes no deberán saberlo ya que se opondrían voluntariamente y eso no sería justo.
—Perfecto. Entonces, para resumir, las reglas son las siguientes:
1. La prueba tiene una duración de seis meses.
2. No sabremos qué es lo que nos harán hacer.
3. Debe ser algo claro, nada de hacernos comer algo que no nos gusta; tiene que ser algo que nosotros nunca haríamos.
4. Los hombres estaremos obligados a seguir sus instrucciones y no sabotear el proyecto.
5. El ganador tiene como premio un crucero de una semana pagado por el perdedor.
¿Estamos de acuerdo?
Todos respondimos que sí y entonces procedimos a formalizar la apuesta escribiendo los detalles en una servilleta de papel y firmándola todos los presentes.
Semana 1:
El domingo y el lunes transcurrieron con total normalidad, igual que cualquier otro fin de semana. Ya empezaba a pensar que la famosa apuesta había quedado en la nada y soñaba con mi semana de pase libre en un crucero, junto a mi amigo y rodeado de mujeres.
Sin embargo, sabía que Ana no era de las que se rendían fácilmente y tenía mis temores sobre qué haría para ganar la apuesta, porque estaba seguro de que tanto ella como Matilde tenían un plan.
Justamente, luego de cenar y al irnos a la cama, me pidió que le practicara sexo oral, algo que ocasionalmente me solicitaba porque le encantaba. Si bien yo no era un fanático, no tenía inconveniente en cumplir.
Aquí hubo una pequeña diferencia con otras ocasiones. Normalmente bajaba a su entrepierna, comenzaba a lamer y besar su vagina y clítoris durante cinco o diez minutos, ella alcanzaba rápidamente el orgasmo y luego la penetraba en la posición más clásica: el misionero. En esta oportunidad, en cambio, fueron mucho más de diez minutos; parecía que adrede demoraba su orgasmo para prolongar el placer que le estaba brindando. No recuerdo exactamente cuánto tiempo, pero seguramente pasaron más de media hora o cuarenta y cinco minutos hasta que alcanzó el clímax, que debo confesar fue bastante más intenso y prolongado que en otras ocasiones. Recuerdo que se mordía los labios, gemía, tomaba mi cabeza entre sus manos y hacía presión para forzar mi lengua más adentro.
Cuando terminó, estaba exhausta y, cuando me disponía a penetrarla, me dijo:
—Por favor, ahora no tengo energías suficientes. Fue el mejor orgasmo de mi vida, pero me ha dejado agotada. Prometo compensarte mañana.
—Por supuesto, querida, no hay problema. Me alegra que lo hayas disfrutado.
Me dispuse a dormir, pero ella me detuvo:
—Espera, falta algo.
Tomó entonces dos pequeños auriculares Bluetooth y, mientras me los colocaba, dijo:
—Espero que no hayas olvidado nuestra apuesta. Estos son los auriculares más pequeños que pude conseguir, así no te molestarán al dormir.
Luego de colocarlos, y antes de que pudiera decir nada, me dio una pequeña píldora.
—¿Qué es esto? ¿Qué me estás dando?
—Es solo para ayudarte a relajarte. Verás que no tendrás problemas para dormir.
—No sé, no estoy seguro. Nunca tengo problemas para dormir.
—Olvidas la regla número tres: estás obligado a colaborar o de lo contrario pierdes la apuesta.
—Está bien, pero ¿qué se supone que me harás hacer?
—Regla número dos: lo olvidas. Si sabes qué tipo de condicionamiento pienso aplicarte, vas a sabotearlo aunque sea inconscientemente.
Dicho esto, me entregó la píldora con un vaso de agua, activó en su celular la reproducción de un archivo de audio y apagó la luz.
Alcanzé a escuchar una voz muy suave y sensual de una mujer que primero me inducía a un estado de relajación y luego, de forma muy pausada, comenzaba a darme indicaciones:
—Tu esposa se merece placer.
—Ella sabe qué es lo mejor para ti.
—Tienes suerte de que ella esté a tu lado.
—Debes enfocarte en darle placer…
Luego no pude oír más, ya que caí en un sueño profundo. Vagamente recuerdo escuchar esa deliciosa voz en mis sueños —o supongo que fue eso—, porque mis sueños estuvieron plagados de imágenes en las que yo le practicaba una y otra vez sexo oral, ella tenía múltiples orgasmos y todos venían acompañados por una sensación de satisfacción, de haber cumplido con mis deberes.
Me desperté por la mañana con una erección enorme, tremendamente excitado y dispuesto a hacerle el amor de una forma u otra, pero no la encontré al lado de la cama. Me duché y resistí la tentación de masturbarme, pensando que en cuanto la viera la penetraría y obtendría mi satisfacción.
Sin embargo, no la encontré en ningún lado del departamento; solo una nota en la cocina, sujeta con un imán en la heladera, que decía: «Hubo una emergencia en la clínica y Matilde y yo tuvimos que ir más temprano. Nos vemos por la noche. Te quiero».
Allí se fueron mis planes de tener un coito rápido. En ese momento caí en cuenta de que había dormido de más y tenía que apurarme para llegar a horario a una reunión de trabajo, así que también tuve que desistir de desahogarme masturbándome.
El día transcurrió con normalidad, aunque debo confesar que mi excitación solo fue incrementándose y me costó bastante concentrarme en el trabajo.
Al llegar a casa, ella ya estaba preparando la cena y no pude resistirme a besarla en la nuca, abrazarla, acariciarla, imaginando la sesión de sexo que tendríamos más tarde. Solo que no podría haber estado más equivocado.
De cualquier forma, ella percibió mis atenciones y en varias ocasiones me comentó:
—Pero qué cariñoso estás.
—Me gusta que me atiendas así.
—¿Qué te ha pasado? No es sábado y casi nunca estás así durante la semana.
Es cierto: hasta ese momento nuestra vida sexual era como un reloj; los sábados por la noche, luego de tomar algo con Matilde y Ricardo, un coito rápido, siempre con la misma secuencia y luego a dormir. Casi podías poner en hora el reloj basado en nuestra actividad sexual. Sin embargo, ahora estaba enloquecido; parecía un adolescente a punto de tener sexo por primera vez, estaba desesperado.
Cuando fuimos a la cama, otra vez me pidió que le practicara sexo oral. En esta oportunidad estuvimos aún más tiempo —más de una hora, presumo— y recuerdo que me sentí extremadamente orgulloso porque ella alcanzó el clímax al menos dos veces, ambas con igual intensidad.
Como la noche anterior, cuando me disponía a penetrarla me dijo:
—Por favor, tuve dos orgasmos y me es imposible siquiera moverme. Tenme un poco de paciencia y recuerda que si estoy así es por culpa tuya.
Contrariamente a lo que puedas pensar, al escuchar esto, en vez de sentirme defraudado por no poder saciarme, sentí una sensación de orgullo y placer similar a la que sentía después de aprobar un examen final particularmente difícil en la universidad.
—Ahora déjame que te coloque los auriculares y toma esto.
Esta vez no cuestioné las reglas y, al accionar su teléfono móvil, comencé a oír a la misma mujer que la noche anterior, con una voz tan sensual que me excitaba de solo escucharla. Luego de la inducción de relajación comenzó otra vez con una serie de frases, distinta a la de la noche anterior:
—Tu esposa es tu guía.
—Ella sabe qué es lo mejor para ti.
—Tu deber es darle placer.
—Tu obligación es obedecerla…
Al igual que la noche anterior, me dormí casi inmediatamente y tuve una serie de sueños en los que yo le practicaba sexo oral, pero ahora además la atendía, le servía el desayuno; en otro sueño ella tomaba el desayuno mientras yo besaba su entrepierna, acariciaba sus pechos, hasta que una y otra vez llegaba al clímax.
No te voy a aburrir con detalles, pero el resto de la semana transcurrió exactamente igual. Todas las mañanas me despertaba solo, encontraba una nota en la heladera indicando que por una cuestión u otra había tenido que salir temprano y que nos veíamos a la noche.
Mi excitación, en cambio, fue incrementándose día a día; ya directamente estaba enloquecido. Miraba a las mujeres de mi oficina con otros ojos, tratando de disimular mi deseo. Sin embargo, algo que me llamó la atención es que no me imaginaba teniendo relaciones con ellas; en cambio, soñaba con la idea de cómo sería besar su entrepierna.
Llegó el sábado y, como siempre, fuimos con Ricardo a jugar al golf —una excusa que teníamos para decirnos a nosotros mismos que practicábamos deporte y disfrutar de un tiempo relajándonos.
Inevitablemente la conversación derivó en mis experiencias durante la semana. Le conté no solo del incremento en la actividad sexual, sino también de mi excitación constante, mis fantasías y el hecho de que durante una semana se me había negado el orgasmo.
Para mi sorpresa me dijo:
—A mí me pasó exactamente lo mismo.
Con cierta reluctancia le practiqué sexo oral, ya que no me gustaba mucho hacerlo, pero terminaba siempre excitado y con una excusa u otra siempre tenía que posponer mi descarga para el día siguiente, y ese momento nunca llegó.
—Lo raro en mi caso es que no me haya masturbado. Siempre pasaba algo que me hacía dejarlo de lado, o se hacía tarde para una reunión, o tenía temor de hacerlo en el baño y que ella me descubriera, pero nunca pude hacerlo a pesar de tener toda la intención.
—Tienes razón, me pasó lo mismo. Y de alguna forma sospecho que es parte del plan de ellas para ganar la apuesta, aunque no imagino qué puede ser. Hasta ahora solo hemos practicado sexo oral, algo que en alguna oportunidad ya hicimos, así que para el propósito de la apuesta no tiene ningún valor.
—En fin, dejemos que ellas sigan adelante. Estoy convencido de que no tienen ninguna oportunidad.
A la noche fuimos a cenar al departamento de Matilde y Ricardo. Luego de la cena, voy al baño y al salir encuentro a Ana recostada en la cama, con las piernas abiertas exhibiendo su vagina. Entonces me dice:
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
Casi como si fuese una orden, me coloqué entre sus piernas y comencé una vez más a lamerla y besarla durante al menos una hora, como durante toda la semana. Luego de alcanzar dos orgasmos me dijo:
—Bueno, creo que te has ganado tu premio por comportarte durante la semana.
Comienzo a posicionarme para penetrarla, pero ella me dice:
—No, así no. Hoy quiero probar algo diferente. Acuéstate boca arriba.
Seguí sus instrucciones, tratando de imaginar qué haría, y entonces, colocando un poco de crema en sus manos, comenzó a masturbarme lentamente.
—¿Te gusta?
—Sí, por supuesto, me encanta.
Ya estaba directamente enloquecido, pensando que eyacularía en cualquier momento.
Cuando estoy a punto de acabar, ella se detiene y me dice:
—Tan rápido no. Estuviste aguantando toda una semana, puedes aguantar cinco minutos más.
Esto se repitió durante demasiado tiempo —no puedo decir cuánto, ya que estaba tan excitado que no tenía control sobre mí mismo—. Perdí la noción del tiempo y solo me abandoné al placer que me estaba brindando, pero estaba desesperado. Cada vez que estaba a punto de llegar al orgasmo, ella se detenía y esperaba que me relajara para recomenzar nuevamente a masturbarme, una y otra vez. Este ciclo se repetía hasta que finalmente le dije:
—Por favor, no puedo más, déjame terminar.
—Bien, pero si lo hago tendrás que cumplirme un deseo. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, pero por favor, necesito terminar.
—¿Vas a cumplir con tu promesa? ¿Vas a hacer lo que te pida?
—Sí, cualquier cosa. Pídeme lo que sea, pero por favor, déjame terminar.
—Como quieras.
Y dicho esto continuó masturbándome lentamente hasta que finalmente tuve un orgasmo espectacular; creía que mi eyaculación no terminaría nunca.
—Bueno, bueno, bueno, creo que yo cumplí mi parte, ahora vos tenés que cumplir la tuya.
—Está bien, fue sensacional, no tengo ninguna queja. Creo que nunca tuve un orgasmo así.
—Bien, entonces me dejarás ponerte esto. No me gusta que estés siempre excitado y con tantas mujeres alrededor tuyo.
Del cajón de la mesa de noche tomó una pequeña caja de plástico que contenía un dispositivo de castidad con su correspondiente llave.
—¿Seriamente pensás que voy a dejar que me pongas eso?
—Por supuesto. Una promesa es una promesa y acabás de decir que harías cualquier cosa si tenías un orgasmo. Además, recuerda la regla número tres: si la quiebras, automáticamente ganamos la apuesta.
No teniendo muchas alternativas, permití que me pusiera el dispositivo y luego colgó la llave con una cadena alrededor de su cuello.
—Ahora estoy más tranquila. Con tantas mujeres alrededor tuyo nunca se sabe lo que puede pasar. Ahora toma esto.
Me dio una vez más el dichoso comprimido cuya naturaleza desconocía completamente, me colocó los auriculares y pulsó play en su celular.
Una vez más, la misma voz sensual —cómo me gustaría poder permanecer despierto durante más tiempo—, pero como siempre solo alcanzaba a oír la introducción y luego la misma letanía:
—Tu esposa merece que la atiendas.
—Ella sabe lo que es mejor para ti.
—Obedecerla te traerá felicidad.
—Complacerla es lo que deseas…
Al despertar, como de costumbre, estaba extremadamente excitado. No sabía qué hacer, especialmente con el dispositivo de castidad que me impedía siquiera tocarme. Fui al baño e incluso tuve que orinar sentado ya que no encontré forma de hacerlo como era habitual para mí. Al volver, vi que Ana continuaba durmiendo y por un momento me vi tentado de arrebatarle la llave del cuello, pero eso era imposible: de haberlo hecho, automáticamente habría perdido la apuesta y estaba decidido a demostrarle que no podría alterar nada en mí.
En cambio, preparé el desayuno y se lo llevé a la cama. Ella se sentó y abrió sus piernas; mientras yo, casi sin pensarlo, me acerqué a su entrepierna y comencé a besar y lamer su vagina. De pronto me asaltó la imagen del sueño que había tenido durante la semana y me di cuenta de que estaba repitiendo la misma escena: ella sentada en la cama desayunando y yo entre sus piernas brindándole sexo oral.
Me di cuenta de que tuvo varios orgasmos ya que ocasionalmente apretaba sus piernas contra mi cuerpo o gemía mientras bebía un sorbo de café.
Luego de desayunar fuimos a ducharnos juntos y, mientras lo hacíamos, ella no dejaba de excitarme: acariciando mi cuerpo, mis genitales a través del dispositivo de castidad o incluso lamiéndolo. Por supuesto, eso no hacía otra cosa que enloquecerme aún más, hasta que le dije:
—Por favor, retíralo un momento así puedo descargarme.
—Todavía no. De aquí en adelante tienes que portarte muy bien, obedecer mis instrucciones y con suerte te ganarás el premio. Mientras tanto, ya sabes lo que tienes que hacer.
Mientras decía esto se sentaba en el borde de la ducha, abría sus piernas una vez más y yo, una vez más, casi sin pensarlo, me arrodillé a sus pies y comencé a lamer su entrepierna. Dios mío, esta mujer se había transformado en un monstruo y no se cansaba nunca de tener orgasmos.
Mientras tanto, yo continuaba deseando.
Semana 2:
No puedo decir que la rutina de la primera semana se haya modificado mucho. Salvo que ahora yo portaba el dispositivo de castidad, el resto continuó exactamente igual: todas las noches yo la satisfacía oralmente dos y a veces tres veces, le rogaba que retirara el dispositivo y ella se negaba diciendo simplemente que tenía que ganármelo.
Luego, como siempre, durante todas las noches me daba de tomar la misteriosa píldorita —que supuestamente era para relajarme—, colocaba los auriculares y reproducía el archivo de audio.
Si bien la voz de la mujer era la misma —sensual, hablando muy lentamente, dejando que cada palabra tuviera su propio peso—, la inducción inicial también era la misma. Hubo un ligero cambio hasta donde pude percibir: ahora no solo indicaba que obedecer a mi mujer era el camino del placer, sino que repetía una y otra vez el placer que ella recibía al practicar sexo oral a un hombre y recibir el orgasmo en su boca.
—Tu mujer es tu Ama.
—Ella sabe lo que es mejor para ti.
—No hay mejor placer que obedecerla.
—Cómo me gusta beber semen.
—Qué delicioso es el semen.
—No sabes qué placer se siente al tener la boca llena de semen…
Nunca pude permanecer despierto más allá de estas frases. Sin embargo, mis sueños estaban plagados de imágenes: además de las habituales en las que yo brindaba sexo oral a mi mujer, ahora se sumaban muchas otras de mujeres bebiendo semen, todas con una expresión de placer y satisfacción. Algunas bebiendo directamente de la fuente, otras mostrando la boca llena de semen, incluso algunas bebiendo cantidades de semen de un vaso o de la palma de la mano de otra persona.
Esta semana se desarrolló una nueva rutina: al despertarme preparaba el desayuno; luego, mientras mi mujer lo tomaba, lamía sus piernas, su entrepierna y su vagina hasta que llegaba al orgasmo. Más tarde, a la noche luego de cenar, se repetía la escena: ella esperándome en la cama de piernas abiertas, yo abalanzándome y lamiendo su vagina, chupando su clítoris durante aproximadamente una hora hasta que ella tenía dos o tres orgasmos. Más tarde, nuevamente la sesión de audios.
Debo confesarte que no reconocía a mi esposa: de una mujer casi aburrida sexualmente se había transformado en una diosa que requería que le brindara al menos cuatro orgasmos por día. Esto tengo que reconocer que la había transformado a ella también: ahora estaba radiante, siempre de buen humor; incluso había cambiado su apariencia: se maquillaba con mayor cuidado, las faldas se hicieron un poco más cortas y ajustadas, dejó de usar zapatos planos y comenzó a vestir zapatos de tacón.
Al llegar el sábado nos reunimos con Ricardo para ir una vez más a jugar al golf. Cuando lo paso a buscar por su departamento veo que en Matilde se habían efectuado cambios similares a los de Ana: vestía una pollera tubo color natural, dos centímetros por encima de la rodilla, zapatos de tacón, una blusa blanca que resaltaba su hermoso busto y un maquillaje exquisito.
—Me dijo Ana que van a salir de compras —le pregunté.
—Sí, teníamos que comprar algunas cosas para la cena de esta noche. Queremos darles una sorpresa.
—Bueno, pero tengan cuidado: ya estoy empezando a tener miedo de las sorpresas que ustedes nos dan.
Se rió con ganas y, tomando a Ana del brazo, salieron rumbo al centro comercial.
Mientras tanto, yo estaba ya casi angustiado y en vez de ir a jugar al golf, nos quedamos con Ricardo tomando algo y compartiendo nuestras experiencias durante la semana.
No me sorprendió para nada que él hubiera pasado por las mismas circunstancias que yo: también tenía puesto un dispositivo de castidad, también le había sido negado el orgasmo durante la semana y, en cuanto a Matilde, también se habían producido los mismos cambios; ahora ella disfrutaba de tres o cuatro orgasmos diarios y podríamos decir que había florecido frente al incremento de la actividad sexual.
—Hay dos cosas que me llaman la atención —me dijo Ricardo.
—¿Cuáles son? Aunque creo que son las mismas que me llaman la atención a mí.
—Número uno: aunque te parezca ridículo, la voz de la mujer que nos habla durante las noches me enloquece. Es tremendamente sensual, me excita oírla y ahora sí noto que se ha producido un cambio en mí: antes no me gustaba para nada besar sus genitales y ahora me excita terriblemente.
—En mi caso comparto contigo lo erótica que es la mujer que nos habla: la lentitud, la cadencia, la excitación que transmite es increíble. Por otra parte, si bien yo no tenía problemas en practicarle sexo oral, ahora me he transformado en un fanático; casi te diría que prefiero besar su entrepierna a penetrarla. Además, es solo verla desnuda que inmediatamente tengo el deseo de lamer su vagina.
—A mí me pasa lo mismo. Es una compulsión, no puedo evitarlo. Incluso me pasa ir en la calle y ver otras mujeres e imaginarme cómo sería lamerles la vagina.
—Tal cual.
El resto del día transcurrió con cierta normalidad (si es que nuestra situación tenía algo de normal). Cenamos en nuestro departamento y delicadamente tratamos con Ricardo de investigar hacia dónde nos estaban dirigiendo; sin embargo, ante cualquier pregunta nuestra —incluso tangencial, como por ejemplo que nos contaran los casos positivos de hipnosis en su trabajo—, siempre nos encontrábamos con dos respuestas:
—Regla número dos.
—Regla número tres.
Era un muro infranqueable que no podíamos superar. Finalmente nos rendimos; terminamos el encuentro hablando de una y mil cosas no relacionadas, hasta que nos fuimos con Ana a la cama.
Al salir del baño, como de costumbre, la encuentro recostada, abierta de piernas y casi me abalanzo sobre ella, lamiendo su vagina y chupando su clítoris como si no hubiese un mañana. Luego de casi una hora y tres orgasmos más tarde (creo que tendría que empezar a medir el tiempo en orgasmos y no en minutos), ella me dice:
—Ya eres un experto; cada día el placer es mayor.
Sentí un orgullo que no puedo describir frente a las palabras de aprobación.
—Creo que te has ganado tu premio.
Y mientras decía esto retira la llave de su cuello y libera el dispositivo de castidad. Mi pene inmediatamente cobró vida, más aún cuando ella comenzó a masturbarme lentamente.
Al igual que la semana anterior, me mantuvo al borde del orgasmo por casi una hora: cuando creía que me aproximaba, reducía el ritmo o simplemente paraba hasta que mi orgasmo retrocedía, momento en el que ella comenzaba nuevamente.
—¿Querés terminar?
—Sí, por favor, no puedo más. Hace una semana que no eyaculo.
—Pero antes solo teníamos sexo una vez por semana.
—Es distinto: ahora estoy constantemente excitado, me excita besar tu vagina y además esos audios que me haces oír también me mantienen constantemente excitado.
—Entonces sabes lo importante que es obedecer?
—Sí.
—¿Quién sabe qué es lo mejor para vos?
—Tú. Tú sabes lo que me conviene.
—¿Estás dispuesto a hacer lo que yo te pida?
—Cualquier cosa. Pídeme lo que sea, solo quiero darte placer.
—Si tienes un orgasmo, ¿me prometes que harás lo que yo te ordene?
—Sí, lo que quieras.
—¿Cualquier cosa que te pida?
—Sí, lo que sea, cualquier cosa que me pidas. Por favor, déjame terminar.
—Como quieras, pero recuerda tu promesa.
Dicho esto continuó masturbándome, esta vez sin detenerse, hasta que llegué al orgasmo. Creo que fue uno de los más abundantes en mi vida; parecía un adolescente nuevamente. Ella, mientras tanto, había capturado casi la totalidad de mi eyaculación en la palma de su mano, que formaba un cuenco lleno de semen.
—Bebe —me ordenó mientras acercaba su mano a mi boca.
—Pero… ¿no pensarás en serio que voy a beber mi semen?
—Una promesa es una promesa. Además —y la siguiente frase fue dicha con la misma cadencia y sensualidad que la voz de los audios—: recuerda que yo sé lo que es mejor para ti.
Tímidamente al principio extendí mi lengua y comencé a lamer su mano; sin embargo, luego de un par de lamidas se apoderó de mí una excitación terrible. La idea de que el semen era delicioso y debía beberlo por completo me inundó. Tomé su mano entre las mías y ávidamente bebí todo lo que pude. ¿Qué me estaba pasando?
—Muy bien. Por tu reacción debes aceptar que tenía razón: sé mejor que tú lo que te conviene.
Mientras decía esto volvió a colocar el dispositivo de castidad, nuevamente me dio de tomar la droga misteriosa y conectó los auriculares.
Mis sueños estuvieron plagados de estas imágenes: ahora no eran mujeres anónimas las que recibían el orgasmo en su boca; ahora era claramente yo quien bebía un orgasmo tras otro de una y mil formas distintas: directamente del pene de un hombre anónimo, recibiéndolo en mi rostro, bebiéndolo de la palma de la mano de una mujer, bebiéndolo de una copa de cristal, etc. Todas las formas que puedas imaginarte.
Esto implicó también un cambio de rutina durante el domingo, ya que por la mañana y luego a la noche se repitió la escena de la noche anterior y bebí mi semen en dos oportunidades más. Esta vez ella ni siquiera tuvo que pedírmelo: simplemente acercaba su palma a mi boca y yo tomaba su mano entre las mías y bebía todo lo que podía, lamentando que no hubiera más.
Semana 3:
De aquí en adelante la semana transcurrió como de costumbre últimamente —porque con “normalidad” sería totalmente inapropiado—. Como estos últimos días, yo le brindaba sexo oral por las mañanas y por las noches; aunque ocasionalmente, en dos oportunidades también lo hice mientras estábamos mirando televisión después de cenar, sentados en el sillón uno al lado del otro. De pronto me dice:
—Necesito que me atiendas.
Levantó su falda, retiró su ropa interior y eso fue todo. No fue necesario que me diera ninguna otra indicación: al ver su vagina noté que ahora se la había depilado completamente; al mismo tiempo noté que ahora no estaba usando pantimedias como habitualmente lo hacía, sino que tenía un par de medias con portaligas.
Esto añadía un atractivo adicional que me excitó más aún. Y en las dos ocasiones que me lo propuso me zambullí en su entrepierna y me dediqué a brindarle un orgasmo tras otro durante toda la duración de la película.
Tengo que aclarar que durante la semana no tuve ningún orgasmo y debo confesar que yo mismo dudaba de mi motivación: no sabía si le pedía tener un orgasmo para satisfacer mi excitación o si lo hacía por mi deseo de volver a beber mi propio semen. Sin embargo, ella solo me respondía:
—Paciencia. Espera hasta el sábado.
Bueno, finalmente llegó el sábado y, como estarás suponiendo, pasé a buscar a Ricardo. Al igual que la otra semana, Matilde y Ana irían de compras, supuestamente por cosas que necesitaban para nuestro encuentro a la noche.
Una vez más, si bien con algo de pudor y vergüenza, le comenté a Ricardo los sucesos ocurridos durante la semana, pensando que se escandalizaría frente a mi relato; sin embargo fue todo lo contrario.
—A mí me pasó lo mismo. No sabía cómo contártelo ya que me da mucha vergüenza, pero tal como te pasó a vos, yo siento al mismo tiempo una sensación de placer al beber mi semen que solo se puede comparar con la sensación de relajación u orgullo que siento al obedecer a Matilde.
—Creo que hemos caído en su trampa. No sé si será este el objetivo que se propusieron, pero lamento decirte que hemos perdido la apuesta: de ninguna forma podríamos negar que hace un mes ninguno de los dos hubiera aceptado nada de lo que estamos haciendo ahora.
—Beber nuestro propio semen —me dice.
—Y usar un dispositivo de castidad —agregué.
—Y desear constantemente besar su vagina —comentó Ricardo.
—Y no poder penetrarlas; es más, no solo no poder penetrarlas, sino que no nos importe.
—Tal cual. Creo que estamos perdidos y que somos nosotros quienes pagaremos el crucero.
—Sí, pero mi pregunta ahora es: ¿qué sigue?
—No sé —me dijo Ricardo—, pero la verdad tengo un poco de miedo de lo que pueden haber preparado para nosotros.
A la noche, durante la cena, ni siquiera tocamos el tema de la apuesta. Creo que nuestro temor era mayor que nuestra curiosidad; además, nos sentíamos los dos completamente rendidos y dispuestos a aceptar que nos habíamos equivocado completamente.
Cuando finalizamos de comer, Matilde se levanta y dice:
—¿Por qué no vamos al living? Estaremos más cómodos para el evento que tenemos preparado para ustedes.
Intrigados, pero ya vencidos, nos dirigimos todos al living. Matilde y Ana se sientan en dos cómodos sillones y cuando nosotros nos disponemos a sentarnos también, Ana nos dice:
—No, ustedes no. Quédense parados en el medio de la sala.
—Bien —dice Matilde—, ahora por favor, ¿podrían quitarse los pantalones y la ropa interior?
Ante nuestra duda, Ana indica:
—Vamos, por favor. Si todos los presentes sabemos que ustedes tienen el dispositivo de castidad, además nosotras no será la primera vez que los veamos desnudos.
Reluctantemente quedamos desnudos, parados frente a ellas. Ana dice:
—Matilde querida, ¿quieres hacer los honores?
—Cómo no.
Entonces ambas se levantan y, tomando las llaves de los dispositivos de su cuello, liberan nuestros genitales.
—Excelente —dice Matilde—, veo que ambos están excitados.
—Sí —respondimos al unísono—, hace una semana que no tenemos un orgasmo.
—Perfecto. Ahora podrán disfrutar de uno. Empiecen a masturbarse.
Como obedeciendo una orden, comenzamos a masturbarnos furiosamente, cada uno de nosotros frente a nuestra esposa.
Siguió aquí un período de tiempo en el cual ellas nos daban instrucciones: «Deténganse» cuando veían que estábamos a punto de eyacular, «Comiencen de nuevo» cuando veían que nos habíamos calmado un poco.
Nos tuvieron así por espacio de media hora más o menos, hasta que finalmente nos dicen:
—Bueno, cuando quieran pueden eyacular, pero hay una condición: recojan todo en la palma de su mano.
Casi inmediatamente comenzamos a eyacular copiosamente, recogiendo todo en nuestra mano, imaginando que nos harían beber el semen frente a ellas y uno frente al otro. No podía sentir mayor humillación; sin embargo, no podía resistirme. A la humillación se sumaba un placer extremo tanto por haber llegado al orgasmo como también por obedecer y cumplir los deseos de nuestras esposas.
Mientras tanto, en algún momento que no percibí —tan concentrado estaba en lo que estaba haciendo—, nuestras esposas se habían subido la falda y se masturbaban furiosamente. Ahí me di cuenta de que ambas habían concurrido a la cena sin ropa interior; ambas además tenían puestas medias de nylon y portaligas.
—Perfecto, Ricardo —dice Matilde—, ahora quiero que le ofrezcas tu semen a Enrique.
Ricardo, casi sin decir palabra, acerca su mano llena de semen a mi boca y yo instintivamente comienzo a beberlo todo con ansiedad. Incluso cuando no quedaba nada en su palma, comienzo a lamer sus dedos intentando no perder ni una sola gota.
—Muy bien —dice Ana—, Enrique, me haces sentir orgullosa, pero no dejes a tu amigo con sed: ofrécele algo de beber.
Repitiendo el mismo gesto, ofrezco la palma de mi mano a Ricardo, que reproduce el mismo gesto que yo. Finalmente terminamos los dos manoseando nuestros genitales con una mano y lamiendo la mano del otro con deseo de más.
—Excelente show —dice Matilde—. Ahora vengan aquí que nosotras también necesitamos desahogarnos.
Nos lanzamos a los pies de nuestras esposas y comenzamos a lamer las piernas enfundadas en nylon hasta llegar a la entrepierna, momento en el que, como si el mundo se acabara mañana, comenzamos a lamer su vagina, besar y chupar su clítoris, otorgándoles un orgasmo tras otro.
—Qué nochesita —dijo Ana—. Ha sido una demostración excelente y ni siquiera tengo que decir qué es lo que significa. Vístanse mientras nosotras vamos a preparar café.
Mientras ellas preparaban el café, le dije a Ricardo:
—No puedo creer lo que hemos hecho.
—Yo tampoco. Es imposible que te creyera si hace un mes decías que haríamos esto.
—Por supuesto, perdimos la apuesta miserablemente.
—Demás está decirlo. Creo que ya están preparando las valijas y encima les sobró tiempo.
—Sabes qué es lo peor de todo —le dije a Ricardo—: que me excitó beber tu semen. Deseaba que hubiera más y, si ahora no tuvieras el dispositivo de castidad, te estaría masturbando esperando beber tu orgasmo nuevamente, esta vez directamente de la fuente.
—¿Quieres decir que estarías dispuesto a practicarme sexo oral? ¿A chupar mi pene hasta que acabara en tu boca?
—Sí, eso mismo.
—Bueno —me contestó Ricardo—, ahora que lo mencionas, a mí me encantaría hacer lo mismo.
—Por Dios, ¿en qué nos han convertido? ¿No podían haber hecho algo más sencillo?
Mientras tanto, en la cocina:
—Ana, bueno, ya está. Después de esta demostración no pueden negar que ganamos la apuesta.
—Sí —dice Matilde—, sin embargo, me encantaría seguir.
—¿Por qué? Ya está, demostramos que con una combinación de mensajes subliminales, manteniéndolos excitados todo el tiempo y algunas drogas inductoras podríamos obligarlos a hacer cosas que en su vida hubieran soñado.
—Eso sí, por supuesto —respondió Matilde—, pero acaso estas tres semanas no han sido las más geniales de tu vida?
—Tengo que reconocer tu punto: de tener un orgasmo cada tanto —porque no siempre llegaba cuando hacíamos el amor— pasé a tener tres o cuatro por día y no quiero perder eso.
—Además, ya recorrimos la parte más difícil del camino. Podríamos avanzar un poco más y tener más placer todavía.
—Ana, ¿cómo sería eso? Me interesa mucho tu idea.
—Verás, lo que podríamos hacer es… —y aquí comenzó a hablarle al oído a su amiga.
—¿Te parece? ¿No es un poco excesivo?
—No has visto cómo disfrutaban ellos también. Simplemente hemos derribado algunas barreras y en el proceso obtenemos algo de placer. Es una situación en la que todos ganan.
—Me has convencido. Además creo que me gusta mucho tu idea.
Lo que ninguna de las dos había percibido es que el poder es casi como una droga: cuando lo tienes siempre quieres un poco más, buscas explorar cuáles son tus límites y hasta dónde puedes llevar a tu sumiso. Es un proceso que nunca se acaba; esperas ansioso el próximo paso, imaginas situaciones que te darán placer por el simple hecho de dominar al otro y, sin darse cuenta, al no detenerse, ambas habían caído en una espiral sin fin de dominación en donde, por supuesto, los obedientes esclavos seríamos Ricardo y yo.
Esa noche, al llegar a nuestra cama, estaba agotado. Simplemente me acosté y solo pude percibir que Ana me colocaba los auriculares y empezaba a escuchar la ya familiar voz antes de quedarme completamente dormido.
Sin embargo, los audios deben haber sido otros, ya que mis sueños estuvieron plagados de otro tipo de imágenes: travestis, crossdressers totalmente feminizados, con un dispositivo de castidad y siendo estimulados analmente de diversas formas: con vibradores, plugs, plugs inflables, con dedos y terminando todos, invariablemente, con un orgasmo anal.
En la mañana del domingo también hubo una nueva situación: al preparar el desayuno y disponerme a servir oralmente a mi esposa, ella me rechazó diciendo:
—¿Por qué no te afeitas? Es desagradable sentir el roce de tu barba contra mis genitales. De hecho, me encantaría que te depilaras por completo. Nunca me gustó sentir tu vello corporal contra mi cuerpo.
—¿Es necesario?
—En este momento y para mí, sí. Además, yo también me depilé completamente como habrás visto y la sensación es increíble.
—Bueno, dame un momento —dije mientras me dirigía al baño.
—Aprovecha la crema depilatoria que hay en la ducha.
En ese momento me di cuenta de que debía haberlo planeado ya, porque nunca hubo crema depilatoria en nuestra ducha. Pero en fin, yo ya estaba completamente resignado por un lado, mientras que por el otro debo reconocer que estas últimas semanas se habían despertado nuevas experiencias que nunca hubiera imaginado y tengo que confesar que la mayoría habían sido agradables.
Apliqué entonces la crema depilatoria en todo mi cuerpo y dejé que actuara mientras me afeitaba bien al ras. Luego entré a la ducha para remover toda la crema junto con todo mi vello corporal y me encontré con Ana esperándome en nuestra cama matrimonial.
—Así está mucho mejor. Me encanta ver y sentir todo tu cuerpo tan suave. Ven aquí y atiéndeme un poco.
De aquí en adelante los sucesos fueron los mismos que durante la semana anterior: yo la serví oralmente, luego ella me masturbó y me dio de beber mi semen. La misma escena se repitió durante la noche.
Semana 4:
Al despertar recordé parcialmente mis sueños durante la noche, preguntándome: ¿qué se sentiría al tener algo estimulando constantemente mi ano?
Estaba decidido a confrontar a Ana inmediatamente, simplemente rendirme y decirle que ellas habían ganado la apuesta y pedirle que terminara con estos experimentos, cuando me di cuenta de que estaba solo en la cama.
Me dirigí al baño, donde tuve que orinar sentado por supuesto gracias al dispositivo de castidad que tenía nuevamente colocado. Me bañé y cuando fui a la cocina por el desayuno encontré una nota pegada en la heladera:
«Querido, hoy tengo que ir temprano a la clínica ya que hubo una urgencia. Además, llamó la muchacha que hacía la limpieza y dijo que no podría venir más por un problema de salud de la madre. Llegaré tarde. Serías un amor si limpiaras un poco el departamento y si además preparas la comida te daré un premio».
Rápidamente organicé el día de forma tal de poder volver temprano y realizar la limpieza de la casa. Siendo el propietario de una pequeña empresa, no tuve inconveniente y, luego de delegar algunas tareas, a las dos de la tarde ya me encontraba en nuestro departamento.
Me cambié el traje por algo más cómodo —unas bermudas y una remera— y me dediqué a limpiar todo el departamento. Luego, por la tarde, hice las compras y comencé a preparar la cena. Para no ensuciar la ropa que tenía puesta, me puse un delantal de cocina que había encontrado. No era mi primera elección, ya que tenía un tema muy femenino: rosa y con muchos volados en su contorno, pero así al menos evitaba arruinar mi ropa.
Al llegar mi esposa me saluda con un beso en mi espalda y me dice:
—Veo que limpiaste toda la casa y además la comida huele exquisita. Gracias, mi amor.
—El único inconveniente es que realmente te ves ridículo con esa ropa. Mañana te consigo algo más adecuado, pero ahora ven aquí a tomar tu premio.
Diciendo esto se sentó en una de las sillas de la cocina y, levantando su falda y abriendo las piernas, expuso sus genitales. Dios mío, ¿no llevaba ropa interior? ¿Estuvo sin ropa interior todo el día? ¿O quizá era algo premeditado y se había quitado la ropa interior en el ascensor?
Bueno, no hacía mucha diferencia. El hecho es que ver su entrepierna y su sugerencia de que ese era mi premio hizo que comenzara a salivar de deseos de lamerla hasta el cansancio. Cosa que hice y, luego de más o menos una hora, cuando la cena estuvo lista, nos sentamos a comer.
El resto de la noche transcurrió como últimamente: miramos una película en la sala —bueno, en realidad la miró ella, ya que durante todo el transcurso del filme yo estuve arrodillado lamiendo su entrepierna. Realmente no sé cuántos orgasmos tuvo esa noche.
Como de costumbre, al irnos a dormir volvió a darme la dichosa píldora, colocó los auriculares y casi inmediatamente me dormí.
Al día siguiente se repitió la escena: al levantarme ella ya se había ido y, sabiendo que no vendría nadie a realizar la limpieza del departamento, volví temprano de la oficina, me cambié, realicé la compra y luego de limpiar comencé a preparar la cena.
Al llegar Ana inmediatamente dijo:
—Huele delicioso. Creo que hasta fue positivo que renunciara la muchacha: haces un mejor trabajo que ella y además tengo algunas ideas en las que podremos aprovechar el dinero que ahorramos.
—Mientras tanto, te traje esto que creo te quedará mucho mejor —me dice mientras me alcanzaba una bolsa de plástico.
Al abrirla veo que se encuentra en ella un uniforme de mucama: era un uniforme simple, un guardapolvo azul de mangas cortas con ribetes blancos en el cuello, los puños y los bolsillos.
—¿Y esto? —le pregunto.
—No me gusta verte así con ese delantal; te ves ridículo. Esto te quedará mucho más cómodo. Vamos, pruébatelo.
Accedí a cambiarme. La verdad, ahora me sentía bastante ridículo: desnudo, solo con el guardapolvo y un par de zapatos deportivos blancos.
—Mucho mejor —me dijo Ana—. Todavía falta, hay algo que no me convence, pero es mucho mejor que ese delantal.
—Ahora quiero que mi mucama me atienda un poco.
Dijo repitiendo la escena del día anterior y enseñándome su entrepierna.
El resto de la noche transcurrió de forma similar al lunes —no te aburriré con los detalles ya que fue exactamente igual—, salvo que ahora tenía puesto mi uniforme de mucama.
Esta escena se repitió también durante la semana, salvo que cada día traía un artículo nuevo a fin de mejorar mi apariencia —como decía ella— y hacer que me viera menos ridículo. Así:
El miércoles introdujo a mi vestuario un par de pantimedias de lycra brillantes de color natural.
—Ahora tus piernas se ven mucho mejor. Recuerda mantenerlas depiladas —dijo Ana.
El jueves trajo consigo un par de zapatos de mujer de color negro con un taco de dos centímetros de altura.
—Mucho mejor que ese calzado deportivo que estabas usando. Me encanta cómo combina con tus medias y tu uniforme.
Finalmente, el viernes me colocó una peluca de excelente calidad, de color negro, cabello lacio que llegaba casi hasta mis hombros.
—Hermoso. Me excita tu nueva apariencia. Incluso de espaldas cualquiera te tomaría por la mucama de la casa. Ahora ven aquí a recibir tu premio que estoy estresada por el trabajo.
Una vez más literalmente me zambullí en su entrepierna y me dediqué a satisfacerla mientras ella miraba una película.
Al llegar la noche le pregunté:
—Querida, ¿te parece que podrías retirarme el dispositivo de castidad? Hace casi una semana que no tengo un orgasmo y te he complacido en todo lo que me has pedido.
—Ten un poco de paciencia. Mañana tendrás tu premio especial. De hecho, he estado pensando en si podrías suspender tu partida de golf con Ricardo. Mañana son ellos quienes vienen a cenar y me gustaría que asearas el departamento y prepararas la cena —fue su respuesta.
—Como quieras. Ya le envío un mensaje.
Colocó los auriculares nuevamente y al poco tiempo me quedé dormido. Como toda la semana tuve sueños de crossdressers y travestis siendo estimulados analmente de una y mil formas diferentes.
Obviamente me levanté excitadísimo (como todas las mañanas de la semana) y luego de prepararle el desayuno me dispuse a realizar las tareas encomendadas.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó.
Bueno, voy a asear el departamento y luego planificar la cena para esta noche como me lo pediste.
—Pero así no. Si vas a realizar las tareas de la casa deberías usar tu uniforme como corresponde, ¿no te parece? Piensa en el premio que tendrás esta noche.
—Bueno, querida, como quieras —ya mi voluntad estaba completamente doblegada y me sentía compelido a cumplir todas sus instrucciones.
Procedí entonces a vestirme: las pantimedias, los zapatos, el uniforme y la peluca, que me transformaron nuevamente en la mucama de la casa.
—Un momento, todavía falta algo que compré para vos —me dice y entonces procede a tomar una caja de su bolso conteniendo un estuche completo de maquillaje.
—Ahora siéntate frente al espejo y presta mucha atención porque espero que hagas esto durante la semana.
Procedió entonces a maquillarme: primero perfilando ligeramente mis cejas (gracias a Dios, ya que todavía tenía que continuar trabajando), luego aplicando base, sombra en mis ojos, máscara en mis pestañas, rubor en mis mejillas y finalmente pintando mis labios de un rojo intenso.
—Todavía falta algo —y tomando un esmalte del mismo color que mis labios procedió a pintar mis uñas.
—Ahora sí pareces una verdadera mucama, pero no puedo llamarte Enrique cuando estás así vestido. Así que de ahora en adelante, cuando cumplas tu rol de mucama, te llamaré Samanta. ¿Qué te parece tu nuevo nombre?
—No sé, querida, es todo muy raro y nuevo.
—Un momento —me dice—, de aquí en adelante vamos a conservar las formas. Enrique es mi marido, a quien amo, respeto y escucho, pero cuando estás en el rol de Samanta eres la mucama y como tal debes tratarme. Por esta vez pasa, pero de ahora en adelante nada de «Ana», «querida» o cualquier cosa parecida: cuando te dirijas a mí te referirás como «Señora», «Señora Ana» y deberás tratarme de usted. ¿Estamos de acuerdo?
—Sí, Señora, comprendo perfectamente.
—Muy bien, ahora ve a cumplir con tus tareas.
—Con permiso, Señora.
Durante el resto del día me dediqué entonces a asear todo el departamento, preparar la cena (entrada, plato principal y postre) y finalmente acomodar la mesa para recibir a nuestros invitados.
Ya entrada la tarde y faltando un par de horas para que llegaran nuestros amigos, Ana se encontraba en la sala.
—Ya está todo preparado, Señora. ¿Puedo retirarme?
—En un momento. Primero te falta algo. Hoy extrañé esa maravillosa boca tuya y ahora me sentiré una lesbiana perversa cuando me atiendas.
Dicho esto abrió sus piernas y me invitó a que le lamiera sus genitales.
Luego de un buen tiempo y después de haber alcanzado ya un par de orgasmos, me dice:
—Espera un momento, quiero probar algo nuevo.
Mientras lo decía se daba vuelta y, exponiendo sus nalgas, continúa:
—Quiero que me metas la lengua bien adentro en el culo.
Acostumbrado a obedecer, tomé con ambas manos su nalga y, exponiendo el agujero del ano, comencé a lamerlo e introducir mi lengua dentro de él.
—Qué maravilla, Dios mío, cómo no probé antes esto. Es maravilloso.
Mientras decía esto yo le introducía mi lengua en su ano y ella con una de sus manos se masturbaba. Al llegar al orgasmo dice:
—Suficiente. Ahora tengo que recuperarme. Puedes retirarte.
Me dirigí entonces a nuestro cuarto donde primero tomé una ducha y luego me vestí con ropa masculina informal. Al llegar a la sala encontré a Ana sentada en un sillón con un trago en la mano y ofreciéndome otro. Me dice:
—Siéntate aquí al lado mío. Tenemos que hablar antes de que lleguen nuestros invitados.
—Sí, querida, te escucho.
Yo ya estaba aprensivo pensando en lo que vendría; sin embargo, ella me pregunta:
—¿Cómo te sientes con estos cambios que han sucedido recientemente?
—Bueno —dije mientras pensaba—, trataré de ser lo más honesto posible. Si hace dos meses me hubieras dicho que yo tendría un alter ego, Samanta, que cumpliría tareas de mucama en esta casa, que tendría puesto un dispositivo de castidad, que tú controlarías mis orgasmos y que yo te serviría oralmente dos o tres veces por día, simplemente hubiera pensado que habías perdido tu salud mental.
—Sin embargo, mirándolo en retrospectiva y siendo justos, debo reconocer que nuestra vida sexual no solo es más intensa que lo que nunca fue; además, debo reconocer que no me disgusta. Al contrario, si tengo que ser completamente sincero, siento una especie de placer perverso cuando me transformo en Samanta y tú me tratas como una mucama. Sabes que estoy sometido a mucho estrés en la empresa y además a la responsabilidad de dar trabajo a la gente, de saber que si hago mal las cosas habrá muchos empleados que quedarán sin trabajo y eso es siempre una fuente de preocupación.
—En cambio, al llegar a casa y ser simplemente una mucama que sigue las órdenes de su señora tiene un aspecto de relajación: ya no estoy obligado a tomar decisiones, las tomas tú y yo simplemente te obedezco. Y eso es extremadamente relajante y satisfactorio.
—Tengo que reconocer además que nuestra vida sexual ahora no solo es más intensa, sino mucho más interesante. Hasta te diría que me excita el pensar qué es lo próximo que me harás hacer, como por ejemplo hoy cuando me ordenaste que te lamiera el ano.
—Entonces, ¿estás dispuesto a seguir? —me preguntó.
—Te diría que sí. No sé a dónde me llevarás ahora que tienes el control sobre mí, pero confío en ti, sé que no me harías daño y por supuesto te amo más que nunca. El único reclamo que podría hacer es que realmente me gustaría tener orgasmos más seguidos; es muy incómodo este estado de excitación constante.
—Bueno, en esta etapa de llamémosla «adiestramiento» es necesario —me dijo—, pero no te preocupes, dentro de poco cambiará radicalmente.
En ese momento llegaron nuestros invitados y se interrumpió la conversación.
La cena transcurrió con normalidad, salvo el hecho de que en varias oportunidades alabaron la comida y la presentación de los platos. Incluso en algún momento Ana mencionó:
—Enrique ha sido un amor durante toda la semana. No solo hoy ha preparado toda la cena y ordenado el departamento: ha sido así durante todos estos días y no puedo estarle más que agradecida.
—Ricardo ha hecho lo mismo —mencionó Matilde—. Con los inconvenientes que hemos tenido en la clínica esta semana era un alivio retornar a casa sabiendo que él me esperaría con el departamento ordenado y la cena lista.
En ese momento miré a Ricardo y me di cuenta inmediatamente que había pasado por el mismo proceso que yo. Obviamente, ambas mujeres tenían una agenda en común y podía suponer que nuestros destinos estaban, por decirlo así, sincronizados.
—¿Por qué no pasamos al living y les mostramos la sorpresa que les tenemos preparada? —mencionó Matilde.
—No veía el momento en que lo propusieras. Ya estoy ansiosa —le responde Ana.
Pasamos al living, no sin cierta aprensión por parte tanto de Ricardo como mía. En el momento en que nos vamos a sentar, ambas mujeres nos dicen:
—Esperen. Ustedes son hoy el espectáculo central. Ahora por favor queremos que se desnuden.
Ninguno de los dos opuso resistencia alguna; al fin y al cabo hasta ahora no era muy diferente de lo que había sucedido la semana anterior.
Cuando estábamos los dos completamente desnudos salvo por nuestros dispositivos de castidad, Ana toma la llave de mi dispositivo de su cuello y, alcanzándosela a Ricardo, le dice:
—Ten, libera a tu amigo.
Ricardo comienza a maniobrar abriendo la cerradura del dispositivo y retirándolo. Inevitablemente sus manos rozaron tanto mi pene como mis testículos y, debido a la abstinencia y la constante excitación, inmediatamente comencé a tener una erección.
En ese momento Matilde le pregunta a Ricardo:
—Mira qué hermoso que es cuando está erecto. ¿No te gustaría besarlo?
—Adelante, yo no tengo ningún inconveniente —le dice Ana—. Es más, me excitaría ver cómo lo besas.
Casi sin darme cuenta y debido principalmente a mi excitación comencé a acercarme a Ricardo, tomé su cabeza entre mis manos y ejercí una leve presión como para animarlo. No tuve que insistir mucho y antes de darme cuenta sentía su lengua recorriendo tanto mis testículos como también todo el recorrido de mi pene.
—Matilde, adelante, tómalo entero en tu boca. Me excitaría ver eso.
Y mientras lo decía pude ver que había levantado su falda y se estaba masturbando violentamente ante la perspectiva de ver a su marido practicándome sexo oral.
Hasta hacía poco Ana estaba sentada al lado de Matilde; sin embargo no la veía en ese momento. Hasta que de pronto siento unos dedos explorando mi ano y lubricándolo: primero uno y luego dos. Mientras Ana me hablaba al oído y me decía:
—¿Te gusta? Decime que te gusta que te dilate la cola.
—Sí, me encanta. Estoy a punto de terminar.
—Todavía no, falta lo mejor.
Y mientras me decía esto sentía que algo más grande que un par de dedos me penetraba.
—Esto es un plug anal y de ahora en adelante lo llevarás todo el tiempo.
Al poco tiempo no pude contenerme más y terminé eyaculando en la boca de Ricardo.
—Hermoso —dice Matilde—. Hacía mucho tiempo que no me excitaba tanto. Ahora por favor ponle nuevamente el dispositivo a Enrique.
—¿No vas a devolverle el favor a tu amigo? —me dice Ana mientras suavemente empuja mis hombros hacia abajo, indicándome que me arrodille mientras Matilde me alcanza las llaves de Ricardo.
Tomo las llaves y al retirar el dispositivo Ana me dice:
—Adelante, sabes lo que tienes que hacer.
Mientras me empuja levemente hacia el pene ya erecto de mi compañero.
Mientras tanto Matilde repite el mismo proceso: mientras yo estoy lamiendo su pene, ella primero lo lubrica, lo dilata y finalmente termina colocándole el plug anal, hasta que finalmente explota dentro de mi boca.
Luego yo repito también el proceso de colocarle nuevamente el dispositivo de castidad.
Nos vestimos, nos sentamos al lado de nuestras esposas y terminamos conversando como lo hacíamos normalmente.
Y así terminó la noche y el fin de semana, con nosotros no solo con un dispositivo de castidad puesto, sino que además ahora teníamos un plug anal dilatándonos constantemente.
Semana 5:
El día comenzó normalmente —por supuesto, refiriéndome a mi nueva normalidad—. Fui a mi oficina y luego a las dos de la tarde, al llegar a nuestro departamento, seguí la nueva rutina: cambiarme, maquillarme y realizar la limpieza del departamento y programar la cena.
—Buenas noches, Samanta —escuché la voz de Ana—. Tengo una sorpresa para vos.
—Sí, Señora, la cena ya está casi lista.
No voy a aburrirte nuevamente con los detalles, pero seguimos con la rutina de la semana anterior, agregando todos los días una nueva característica:
- El lunes agregó un corset muy ajustado que afinaba mi cintura.
- El martes unas prótesis mamarias de tamaño doble D, junto con su correspondiente sostén.
- Al mismo tiempo, todos los días reemplazaba el plug anal por uno de un tamaño levemente superior —ella lo llamaba «entrenamiento para el próximo fin de semana»— y todos los días reemplazaba los zapatos de tacón por unos de tacón más alto, de forma tal que al llegar el viernes estaba usando zapatos con un tacón de cinco centímetros sin ningún inconveniente.
De igual forma dejaba una lista de videos para que viera al llegar a casa. Así, como te contaba antes, llegaba, me cambiaba, me maquillaba y luego me sentaba a ver la lista de videos para después limpiar la casa y preparar la cena. Al llegar me preguntaba por los videos que podían incluir:
- Tips de maquillaje: cómo afinar la nariz, cómo hacer la mandíbula más suave con sombras, cómo colocar correctamente pestañas postizas, cómo caminar, sentarse, etc.
- La lista también incluía videos de adoctrinamiento: imágenes de crossdressers practicando sexo oral, siendo estimulados analmente, satisfaciendo tanto a hombres como a mujeres.
Así llegamos al sábado, día de nuestra reunión.
Al igual que la semana anterior me levanté y, ahora sin necesidad de recibir instrucciones, me transformé en Samanta, preparé el desayuno para mi Señora y luego me dediqué a limpiar todo el departamento y preparar la cena.
Al terminar, ya entrada la tarde, le digo:
—Señora, ya está todo preparado. ¿Puedo retirarme?
—Hoy no, Samanta. Es una cena formal y necesito que me asistas.
—Señora, debo quedarme así. Es un poco embarazoso.
—No discutas conmigo, por favor. Si quieres tener tu premio mejor que vayas a tomar un baño. Yo dejaré en la habitación la ropa que deberás usar hoy.
Me bañé y al salir de la ducha veo sobre la cama la ropa que mi esposa había dejado para mí. Espero que esto sea una broma, pensé.
—Señora, ¿realmente desea que use esto?
—No discutas conmigo. Verás que será una noche excepcional.
—Pero si Ricardo me ve así, no sé qué pensará de mí.
—Bueno, después de lo que has hecho con Ricardo en las dos últimas semanas creo que no tendría nada que objetar. Además, Matilde me avisó que él no vendría, así que no tienes de qué preocuparte.
—Ponte la ropa que he dejado y deja de protestar. Además, quiero que te esmeres con el maquillaje y muestres todo lo que has aprendido en esta semana.
Resignado, pero también expectante pensando en cuál sería mi premio hoy, comencé a vestirme. La ropa consistía en:
- Un par de medias con costura de color negro.
- Un corset muy ajustado de color negro y con dos tazas para acomodar mis prótesis doble D.
- La peluca negra que había estado utilizando durante la semana.
- Un par de zapatos negros también, con un taco de al menos cinco centímetros de alto.
- Un kit de uñas postizas junto con el barniz correspondiente de color rojo intenso.
- Un plug anal, ahora un poco más grande todavía que el que estaba usando, de aproximadamente cinco centímetros de diámetro en su parte más ancha.
- Y finalmente un uniforme de mucama francesa extremadamente corto, que suponía dejaría expuestas mis nalgas si en todo caso me inclinara.
Resignado comencé una vez más mi transformación en Samanta: primero lubricé mi ano y coloqué el plug, luego el corset y las prótesis, más tarde las medias que ajusté con seis tirantes que salían del corset, finalmente los zapatos.
Me senté frente al espejo y comencé a maquillarme utilizando todos los trucos que había aprendido: pestañas postizas, sombras en los ojos alargadas (ojos de gata como dicen), rubor en mis mejillas, sombras para hacer mi mentón más suave y lápiz de labio de color rojo intenso.
Luego acomodé la peluca en su lugar y comencé a aplicar las uñas postizas.
Finalmente me puse el uniforme, el cual contaba también con una cofia para colocar sobre mi cabeza.
Debo confesar que al mirarme en el espejo era difícil reconocerme: me había transformado a mí misma en el epítome del erotismo.
Fui hasta la sala y me presenté a la Señora para su aprobación.
—Excelente, mejor aún de lo que esperaba. Me harás sentir orgullosa esta noche.
No termina de decir esto que suena el timbre del departamento.
—Ve a abrir la puerta, nuestros invitados han llegado.
No sin cierta reluctancia y algo de pudor abrí la puerta esperando encontrar a Matilde y Ricardo. Sin embargo veo a la amiga de mi mujer y a su lado una mucama vestida exactamente igual que yo, muy hermosa y femenina que de no ser por el dispositivo de castidad hubiera disparado una erección inmediatamente.
—Hola, Samanta. Un placer conocerte. Ana me ha hablado mucho de vos. Esta es mi asistente Marisa. Espero que sean buenas amigas.
En ese momento caigo en cuenta de que Marisa no era otro que el alter ego de Ricardo, el cual había por supuesto sufrido la misma transformación que yo.
—Encantada, Marisa. Un placer conocerte —le digo mientras nos damos un beso en la mejilla.
—Pasen por favor. La Señora Ana está esperando.
Ana y Matilde se sentaron en dos sillones de la sala y entablaron una conversación casual sobre su trabajo en la clínica durante la semana, mientras tanto Marisa y yo aguardábamos de pie en la entrada de la sala con nuestras manos entrelazadas al frente, esperando instrucciones. No obstante, no pude evitar mirar a Marisa (y noté que ella hacía lo mismo conmigo) y admirar su transformación: estaba sencillamente hermosa; era además el epítome del fetichismo con ese traje de mucama, las medias, el busto prominente, etc.
En algún momento nuestras miradas se cruzaron y noté el hambre en la de Marisa. ¿Es que acaso mi transformación era igualmente tan espectacular como la de ella?
—Ana: Marisa, Samanta, dejen de comerse con la mirada y presten atención, por favor.
—Disculpe, Señora —dijimos las dos casi al unísono.
—Vamos al comedor, por favor. Sirvan el primer plato —dijo Matilde.
Ellas se sentaron a la mesa y mientras tanto Marisa y yo nos pusimos detrás de cada una de nuestras Señoras, dispuestas a atenderlas en aquello que precisaran: cambiar los platos, servir la bebida, etc. Mientras tanto la conversación entre ellas dejó de ser la charla casual sobre temas laborales para pasar a temas un poco más íntimos: primero sobre nuestra «educación» como la llamaban, luego de cómo habíamos aceptado el plug anal que ahora llevábamos puesto y finalmente de cómo les excitaba que una «mujer» les comiera la entrepierna, confesándose una a la otra que creían haber descubierto su bisexualidad.
—Me encantaría comprobar si es así con vos —dijo Ana.
Yo estaba completamente sorprendida en ese momento. Ana, quien hasta hacía un par de meses simplemente se recostaba en la cama mientras yo la penetraba, ahora se había transformado en una mujer hambrienta de sexo, esperando ser satisfecha oralmente tres o cuatro veces por día y además ahora fantaseando con estar con otra mujer.
—Me encantaría que vos fueses la primera —respondió Matilde.
¿La primera? Es que habría más. ¿En qué se habían transformado nuestras esposas?
—Ellas ya demostraron que pueden disfrutar de ser bisexuales —continuó Matilde—, claro, con un poco de ayuda de nuestra parte, pero creo que están disfrutando de su nueva descubierta sexualidad.
—Ya lo creo —le respondió Ana—. Veremos qué pasa hoy luego de la prueba de fuego.
¿Prueba de fuego? ¿Qué era eso? ¿Qué nos harían hacer ahora? Yo creía que ya habíamos pasado todos los límites, aunque la verdad si me ordenaban que tuviera sexo con Marisa no tendría ninguna objeción que hacer.
—Vamos a la sala de estar —dijo Ana.
Nos dirigimos a la sala y allí ambas se sentaron en dos sillones cruzadas de piernas, casi que exhibiéndose para nosotras, mientras tanto Marisa y yo nos quedamos paradas junto a la puerta esperando instrucciones.
—Hemos recorrido un camino muy interesante estos dos últimos meses —dice Matilde— y no puedo menos que afirmar que ha sido sencillamente extraordinario y excitante para mí —comenzó a hablar Matilde.
—Sin embargo —continuó—, todavía queda un pequeño recorrido que hacer. Demás está decir que ustedes han perdido la apuesta y que tanto Ana como yo hemos ganado en buena ley unas merecidas vacaciones de una semana en un crucero.
—Sí, Señora —respondimos las dos al unísono—, eso es incuestionable.
—Como decía Matilde —continuó Ana—, queda sin embargo un pequeño recorrido que hacer y en este caso hemos decidido darles la oportunidad de continuar o detener todo aquí. Las alternativas son obviamente: si deciden continuar daremos el próximo paso; si en cambio deciden detenerse aquí simplemente olvidaremos todo lo que ha pasado, inmediatamente ustedes se cambiarán y retomarán su alter ego masculino y lo único que pasará es que Matilde y yo nos iremos una semana de vacaciones.
—Esta es una decisión importante —dijo Matilde—. ¿Desean arriesgarse y dar el próximo paso o prefieren volver a como eran las cosas hace dos meses atrás, teniendo sexo convencional una vez por semana? Personalmente, si deciden la segunda opción extrañaré mucho el sexo oral que Marisa me ha proveído últimamente.
—Y no olvides nuestro recién descubierto placer por los besos en el ano.
—Por supuesto, sería una lástima, pero son ustedes quienes deciden.
Una vez más lo pensé seriamente: quería dejar todo esto de lado, volver el tiempo dos meses atrás y olvidarme de todo. Existía una cierta angustia en estar todo el tiempo con el dispositivo de castidad puesto, pero por otro lado ya estaba disfrutando de abandonarme y cumplir ciegamente las órdenes de Ana, y ni qué hablar de mi también recién descubierto placer por la estimulación anal, algo que el plug me recordaba constantemente.
Esto fue lo que mencioné, intentando ser completamente sincera.
—Lo mismo me pasa a mí —acotó Marisa—. Siento un placer particular al transformarme, dejar todo el estrés de lado y simplemente obedecer. Además, también debo confesar que nuestra vida sexual es mucho más interesante ahora. Coincido también con Samanta en que lo único que lamento es no poder tener orgasmos más seguido, aunque debo confesar que su intensidad es mucho mayor.
—Entonces, ¿qué deciden? —preguntó Matilde.
—Yo quisiera seguir adelante, Señoras —les dije—. Confío plenamente en ustedes y hasta ahora solo hemos descubierto nuevas formas de placer.
—¿Y tú, Marisa? —le preguntó Ana.
—Yo también quisiera seguir adelante, Señora. Además veo que Matilde está mucho más satisfecha sexualmente hablando y eso es muy importante para mí.
—Perfecto entonces —dijo Ana—. No esperábamos menos de ustedes pero queríamos darles la oportunidad de elegir. Nosotras iremos a cambiarnos y mientras tanto ustedes vayan a la cocina y traigan dos copas de cristal, por favor.
Extraño pedido si se quiere. ¿Qué era lo que tenían planeado para nosotras? Fuimos a la cocina y no pude menos que mirar las nalgas de Marisa y luego acariciarlas cuando tomó las copas del aparador superior.
—Esperaba que fueras vos quien tomara las copas. Yo tenía intenciones de hacer lo mismo.
—No hay problema —le dije mientras me extendía para tomar dos copas más, momento en el cual sentí como un par de manos acariciaba mis glúteos aumentando aún más mi excitación.
Volvimos a la sala y dejando dos copas en la pequeña mesa del centro nos quedamos paradas en la puerta aguardando.
Al pasar el tiempo y encontrándonos solas nos sentamos en el sillón uno junto a la otra. No tengo forma de describir la excitación que sentía en ese momento al sentir el roce de sus piernas enfundadas en un par de medias de nylon contra las mías, más aún cuando siento que Marisa comienza a acariciar una de mis piernas —acto que como te imaginarás respondí inmediatamente—, excitándome más todavía al ver mi mano con las uñas largas y pintadas de rojo acariciando sus hermosas piernas.
En eso estábamos cuando de pronto escuchamos:
—Ana, qué bonito. Las dejamos cinco minutos solas y ya parecen dos hembras en celo.
—Matilde, ahora me queda mucho más claro por qué querían seguir. Creo, amiga mía, que inadvertidamente hemos creado dos putitas.
Marisa y yo nos quedamos mudas, sin saber qué responder, no por la situación en la que nos habían encontrado sino por el cambio que se había generado en nuestras esposas.
Esas dos mujeres formales que habían dejado la sala habían vuelto completamente transformadas en dos Diosas dominantes. La única diferencia entre ellas era el color del cabello: castaño claro en el caso de Ana y rubio en el caso de Matilde, en ambos casos amarrado en una cola de caballo.
Su maquillaje ahora era mucho más intenso, con sombras más marcadas en los ojos, los labios pintados de un marrón oscuro que resaltaba aún más sus facciones; luego un corset de cuero negro muy ajustado que les proporcionaba una cintura diminuta y al mismo tiempo resaltaba el busto prominente que ambas tenían.
Del corset partían seis portaligas que aseguraban un par de medias de nylon con costura similares a las que teníamos nosotras. Finalmente un par de botas altas hasta la rodilla con un taco de al menos diez centímetros de altura.
En sus brazos unos guantes largos tipo ópera que acentuaban aún más su figura dominante.
Pero lo que nos dejó con la boca abierta era que en su cintura portaban un arnés con un consolador de generosas dimensiones y un formato algo extraño: partía de su entrepierna y se extendía hacia arriba (luego me enteré que debía su forma a que estaba especialmente diseñado para estimular la próstata).
Ante nuestro asombro Ana dice:
—Cierren la boca o prefieren que les demos algo para poner en ella?
Nos pusimos de pie inmediatamente y les dije:
—Lo siento, Señoras. No pudimos contenernos. Les pido que tengan en cuenta que hace una semana que estamos en abstinencia y Marisa es muy hermosa y no pudimos evitarlo.
—Bueno —dice Matilde mientras se sentaba en el sillón—, por hoy pasa, pero ahora quiero ver cómo Marisa besa este hermoso pene que compré para ella.
—Excelente idea —dice Ana—. Estoy ansiosa para ver cómo lo hace Samanta.
Ambas se sientan en los dos sillones y nos hacen señas de que nos acerquemos.
Casi sin pensarlo y sin darme cuenta lo que estaba haciendo me arrodillo a sus pies y comienzo a lamer el pene de goma para finalmente terminar metiéndomelo dentro de la boca, momento en que Ana comenzó a gemir. Luego me enteré que el arnés contaba con un consolador interno que se introducía dentro de su vagina y al yo lamerlo y chuparlo estaba también moviendo el otro extremo dentro de ella.
Trato de introducirlo por completo en mi boca pero me es imposible: tendría una extensión de al menos 25 centímetros de los cuales solo pude tragar la mitad.
—Veo que te falta práctica —me dice—. No te preocupes, con el tiempo vas a ser una experta. Vamos a practicar todos los días hasta que puedas tragarlo entero.
—Bueno, suficiente por ahora —dice Matilde y levantándose toma un preservativo de su escote y se lo alcanza a Marisa diciéndole—: ¿Serías tan amable de colocármelo?
Marisa entonces abre el envoltorio y comienza a colocarlo sobre el falo artificial.
—No con las manos, no. Trata de hacerlo con la boca como buena putita que eres.
No sin esfuerzo Marisa comienza a luchar para cumplir con las instrucciones de su Señora, tarea que debido a su inexperiencia le resulta bastante difícil.
—Esta es otra cosa en la que tienen que practicar, pero con el tiempo será una segunda naturaleza para ustedes.
Una vez que termina más o menos de colocarlo, Matilde lo acomoda correctamente y comienza a lubricarlo con gel mientras le dice a Marisa:
—A ver, hermosa, date la vuelta, apoya los brazos en el respaldo del sillón y muéstrame esa hermosa cola que tienes.
Marisa obedece y Matilde entonces, luego de retirar el plug anal, comienza a lubricar la cola de su mucama.
—Ahora sí te voy a hacer mujercita —le dice.
Dicho esto apoya la punta del pene artificial en la entrada de su cola y comienza a hacer presión. Como ya estaba dilatada gracias al plug anal y al entrenamiento de toda la semana, este entra fácilmente en su totalidad.
Una vez que entró por completo Matilde comienza a moverse cabalgándola haciendo que el falo artificial entrara y saliera casi por completo.
Oía cómo las dos gemían casi al unísono: Marisa porque se la estaban cogiendo y Matilde gracias a los movimientos del otro extremo que tenía introducido dentro de ella.
—No se te ocurra acabar sin avisarme primero, ¿está claro?
Entre gemidos Marisa responde:
—Sí, Señora, pero creo que no voy a aguantar mucho más —debido a que como mencioné anteriormente por su forma el consolador estaba estimulando su próstata.
Esa fue la señal para que Ana me interrumpiera en mis actividades y me dijera:
—Toma una de las copas y captura en ella el orgasmo de tu amiga.
Seguí sus instrucciones y coloqué la copa debajo del pene de Marisa que todavía permanecía aprisionado en su dispositivo de castidad.
Al poco tiempo Marisa experimentó su primer orgasmo anal (aunque suponía que no sería el último) y comenzó a eyacular. Era increíble la cantidad que estaba saliendo; parecía que no terminaba nunca: un chorro después de otro salía del orificio del dispositivo al mismo ritmo que los embates de su señora en su cola.
Cuando finalmente terminó y ya no salía más, ambas se sentaron en el sillón una al lado de la otra completamente exhaustas, mientras alcanzándome otro preservativo Ana me dice:
—Ahora te toca a vos.
Sabiendo lo que tenía que hacer, primero intenté colocar el preservativo con mis labios y luego me coloqué en la misma posición que mi amiga. Siento entonces que retiran el plug y luego lubrican un poco más mi cola; luego, una presión de un objeto más contundente intentando entrar.
No puedo describir el placer que sentí al ser penetrado y al mismo tiempo sentir los pechos de mi Señora sobre mi espalda.
—Recuerda avisar antes de terminar —me dijo Ana.
—Ya casi estoy, no puedo aguantar mucho más —fue mi única respuesta entre jadeos.
Marisa entonces se arrodilla a mis pies y coloca la copa junto al orificio de salida de mi dispositivo de castidad. Casi en ese mismo momento el más intenso orgasmo que sentí en mi vida recorre mi cuerpo y comienzo a eyacular copiosamente: una y otra vez sale un chorro detrás de otro hasta que finalmente, agotada, no puedo más y veo con sorpresa que había llenado casi un cuarto de copa.
—Bueno, esto merece un brindis —dice Matilde mientras le alcanza a Ana una copa de champán. Marisa me alcanza la copa donde yo había eyaculado y en ese momento brindamos todas y por supuesto saboreamos nuestro propio orgasmo.
—¿Siguen pensando que lo mejor era seguir adelante o se arrepienten? —preguntó Ana.
—No sé, Marisa —respondí yo—, pero hoy mi Señora me ha otorgado el mejor orgasmo de mi vida.
—No me arrepiento para nada —agregó Marisa—, aunque reconozco que es una experiencia bastante bizarra, no la cambiaría por nada del mundo.
Después de despedirnos de nuestros invitados fuimos a dormir y como de costumbre volvió a colocarme los auriculares. La única diferencia fue que ahora no solo dormiría con el dispositivo de castidad, sino también con el plug anal puesto.
Por la mañana al despertarme fui hasta el baño, me higienicé y luego volví a colocar el plug en su lugar. Debo reconocer que al hacerlo sentí una sensación de placer que de no ser por el dispositivo de castidad hubiese terminado masturbándome.
Como tenía que ordenar el departamento luego de los eventos del día anterior volví a adoptar la personalidad de Samanta: me vestí así con el corset, las prótesis mamarias, medias de nylon, maquillaje, peluca y finalmente el guardapolvo de mucama azul que había estado utilizando durante la semana.
Al finalizar la limpieza preparé el desayuno para Ana y fui a llevárselo a la cama.
—Buenos días, Señora. Le he traído su desayuno.
—Qué amable que eres, Samanta, pero ahora necesito otra cosa.
Al decir esto dejó correr la ropa de cama y fue entonces que me di cuenta de que ya estaba despierta hacía un tiempo y que mientras yo ordenaba el departamento ella se había colocado nuevamente el arnés.
—Ven aquí, ya sabes lo que tienes que hacer.
Me incliné sobre la cama y siguiendo sus instrucciones comencé a besar el falo artificial e introducirlo dentro de mi boca —quizá con un poco de mejor suerte que el día anterior.
—Muy bien, la práctica hace a la perfección —me dice—. Vas a ver que dentro de poco podrás tragarlo completo. Ahora muéstrame esa hermosa cola.
Liberé los botones del guardapolvo, retiré el plug (no sin cierta tristeza) y procedí a montarme a horcajadas sobre ella penetrándome a mí misma. Comencé entonces a cabalgar esa hermosa prótesis que tenía, sintiendo cómo el orgasmo crecía dentro mío hasta que finalmente eyaculé sobre sus pechos.
—Bésame los pechos, que quiero verte tomar tu leche.
Obviamente no tuvo que pedírmelo dos veces y comencé a besarla; mientras tanto ella retiró el arnés y me ofreció tanto sus genitales como su ano para que los besara.
Luego de varios orgasmos y cuando se disponía a tomar su desayuno le pregunto:
—¿Puedo retirarme, Señora? ¿Necesita alguna cosa?
—Está bien, puedes irte. Y toma el día libre.
Me cambié nuevamente, tomé una ducha y adopté una vez más mi alter ego de Enrique.
El resto del día transcurrió como el de cualquier otro matrimonio tradicional: charlamos, salimos a pasear y tomar algo, fuimos al cine y finalmente por la tarde volvimos a nuestro departamento.
Al irnos a dormir —por supuesto yo con el plug anal puesto, ya que ella decía que debía continuar entrenando mi cola— me puso una vez más los auriculares, mencionando como al pasar que ahora iniciaríamos una nueva etapa.
Semana 6:
Obviamente ahora estaba sometido a una nueva serie de audios durante la noche, ya que mis sueños estuvieron plagados de imágenes de crossdressers y travestis chupando penes de distintos tamaños y formas.
Como ya es costumbre me desperté excitado y sin ninguna oportunidad de descargarme. Intenté incluso jugar un poco con el plug anal, introduciéndolo y sacándolo, tratando de repetir la experiencia del sábado anterior y obtener así un orgasmo anal, pero sin ningún éxito.
No tuve más alternativa entonces que cambiarme, ir hasta la empresa como todos los días y luego repetir la rutina de las semanas anteriores: llegar temprano a nuestro departamento, transformarme en Samanta, sentarme durante dos horas y mirar los videos que Ana había dejado programados para mí, luego limpiar y ordenar y finalmente preparar la cena.
Cuando estaba casi lista oí que Ana llega de su trabajo.
—Samanta, ¿estás en la cocina?
—Sí, Señora, estoy terminando con la cena y ya me retiro.
—Todavía no. Espera un momento que voy a cambiarme.
—Sí, Señora, como usted diga.
En poco tiempo ingresó a la cocina. Estaba vestida con una blusa blanca, una falda azul, medias de color natural y zapatos azules con un taco de cinco centímetros.
Siento que se acerca por detrás y luego de tomarme de los pechos me dice:
—Tengo muchas ganas de estar con vos antes de que llegue mi marido.
—Por favor, Señora, no me comprometa.
—Vamos, si sabemos que te gusta.
—Por favor, Señora, voy a reclamarle a su marido.
—No te hagas rogar. ¿Cuántas veces lo hicimos? ¿No me vas a dar esa colita hermosa?
En ese momento me abraza más fuerte, se apoya en mi espalda y además de sentir sus pechos sentí en mis nalgas la presión de algo duro. Ahí me di cuenta de que el «cambiarse» se refería a ponerse el arnés por debajo de su falda antes de venir a verme.
—Ay, Señora, no me haga esto.
—No te hagas rogar —me dice mientras levanta su falda y exhibe el pene artificial.
—Vení, dale un besito a tu amigo.
Casi instintivamente me arrodillo y comienzo a besar y chupar el consolador. Ella toma mi cabeza con ambas manos y me dice:
—A ver cómo te lo tragás todo. Enderezá la garganta para que pase y te pueda coger la boca.
Trato de seguir sus instrucciones reteniendo una arcada al sentir que la punta llega a mi garganta y ayudada por la presión de sus manos finalmente puedo tragar todo su pene y meterlo por completo dentro de mi boca.
—Muy bien, qué hermosa putita cómo se lo come todo.
—Ahora date vuelta que te voy a coger.
Me inclino sobre la mesada de la cocina, siento como ella levanta mi guardapolvo exponiendo mi cola, retira el plug de dentro mío y lo coloca sobre la mesada.
—Ya está lubricado con tu saliva —me dice—. Aquí vamos.
Siento como me penetra de un solo envión y como los testículos artificiales rozan mis nalgas al mismo tiempo que ella comienza con un vaivén entrando y saliendo de mi cola.
Comenzamos a gemir juntas y luego de poco tiempo una vez más tengo otro orgasmo anal, vertiendo todo mi semen sobre la mesada de la cocina.
—A ver cómo limpiás la mesada.
Mientras ella sigue cogiéndome buscando alcanzar su propio orgasmo, yo simplemente me limito a lamer la mesada bebiendo todo mi orgasmo.
Una vez que terminó se retiró de dentro mío y me dice:
—Yo voy a cambiarme. Arreglate un poco antes de que venga mi marido y luego podés irte.
Fui hasta el cuarto que hasta hace poco teníamos libre y allí volví a mi alter ego de Enrique. Me dirigí a la sala de estar y la encontré arreglando la mesa.
—Samanta ya dejó la comida lista. Ayudame a preparar la mesa así cenamos.
La sensación era al mismo tiempo increíble y bizarra: los dos actuábamos como si Samanta y Enrique fuésemos dos personas distintas e incluso que las actividades de Samanta y Ana debían permanecer ocultas. Esto, por muy extraño que parezca, añadía un morbo y una excitación adicional a toda la escena.
El resto de la semana transcurrió de forma más o menos similar: ella llegaba, «abusaba» de mí —algunas veces seduciéndome, otras amenazándome con que perdería el trabajo— y luego de la escena Samanta daba paso a Enrique.
Sí hubo algunas ligeras modificaciones que me mostraron que tanto ella como yo estábamos completamente embarcados en esta nueva aventura. El cuarto que habíamos designado como «el cuarto de Samanta» —que hasta este momento estaba amueblado únicamente con un televisor donde veía los videos, una mesa, un espejo y una silla donde me maquillaba y el armario que contaba solo con tres pares de zapatos, un corset, algunas medias, el guardapolvo y el vestido de mucama francesa— ahora comenzó poco a poco a plagarse de todo tipo de objetos.
En primer lugar se agregaron varios estantes que fueron durante la semana acogiendo diversos juguetes sexuales, especialmente plugs anales y consoladores.
Los plugs variaban de aquellos extremadamente largos y delgados —especialmente uno de cerca de 45 centímetros de largo, muy angosto en uno de sus extremos que aumentaba su diámetro hasta llegar casi a los cinco centímetros de circunferencia en su base—, otros llamados «joyas anales» de metal y que en su base tenían un cristal de color simulando una joya que era lo único visible al tenerlo puesto, otros inflables (que debo confesar que al usarlos me hicieron llorar de placer al estimular mi próstata).
Por otra parte también comenzaron a aparecer consoladores de distintos tamaños y formas: desde aquel delgado (dos centímetros de circunferencia) pero muy largo —casi treinta centímetros— hasta otros que realmente por sus dimensiones no me atrevía a probar; todos ellos adaptados para ser colocados en el arnés.
Al mismo tiempo había otros consoladores con una base de succión, también de diferentes tamaños y formas (incluso uno llamado «Alien» que simulaba la forma imaginaria de un pene extraterrestre) que contaban en su mayoría con una base de succión que debía colocar en la silla y sentarme sobre ellos mientras miraba los videos instructivos.
La ropa también sufrió un cambio: en el armario comenzaron a aparecer vestidos de distinto tipo —formales, informales, conjuntos de blusas y faldas—, medias de nylon y pantimedias de distintos colores y texturas, zapatos de varios colores con tacos desde los cinco centímetros hasta algunos de casi diez centímetros de altura, etc.
Cuando le pregunté en algún momento cómo pagaríamos todo lo que estaba comprando me dijo:
—No tienes de qué preocuparte. Algunas cosas son de segunda selección, otras son de ferias americanas (es decir, usadas pero en buenas condiciones). Además estoy pensando en ofrecer los servicios de Samanta por horas para que atienda en otros departamentos. Solo me falta encontrar los clientes adecuados.
—¿Vender los servicios de Samanta?
—Claro, ¿por qué no? Es excelente limpiando, cocinando y además podemos obtener una tarifa extra por otros servicios tanto a hombres como a mujeres.
—No sé, me parece muy arriesgado. Además me moriría de vergüenza al pasearme por el edificio.
—Confía en mí: la clientela será muy selecta y estoy segura de que estarán más que encantados de tener a Samanta y Marisa a su servicio.
Así que no sería yo solo. Una vez más habíamos caído en las redes de Ana y Matilde. Sin necesidad de aclaración alguna ya sabía que no tendríamos escapatoria.
Así transcurrió la semana hasta que llegamos al sábado. Por la noche seríamos nosotros quienes iríamos a cenar al departamento de nuestros amigos (ya que rotábamos cada semana). Así que al levantarme, como de costumbre, me maquillé, vestí como corresponde y me dediqué durante el día a limpiar la casa, lavar la ropa, etc.
Por la tarde, habiendo finalizado mis tareas, me dirigí a la Señora y le anuncié:
—Señora Ana, ya he terminado con mis tareas. ¿Puedo retirarme?
—Hoy no, Samanta. Ve a bañarte y luego ponte la ropa que he dejado en la habitación para que uses hoy a la noche.
—Pero Señora, no puedo salir así vestida. ¿Qué dirán los vecinos?
—Los vecinos no tendrán nada que decir: solo verán a una mujer atractiva. Además, con Matilde hemos decidido que hoy será una cena solo de mujeres.
Resignada y sin poder realizar ninguna objeción fui a tomar un baño y luego al salir veo la ropa que habían dejado preparada para mí. Se trataba de un vestido negro de mangas largas con escote cuadrado; la falda era tipo tubo (o lápiz si prefieres), apenas cinco centímetros por encima de mis rodillas, medias de nylon color natural, zapatos negros con un taco de cinco centímetros y por supuesto el infaltable corset.
Junto a la ropa había además una serie de accesorios: aros, un collar, pulseras e incluso un reloj.
Procedí a maquillarme de acuerdo a la ropa que debería usar: tonos oscuros, sombras en los ojos, labios rojos acorde con el color de mis uñas y por supuesto la infaltable peluca negra.
Al ir al encuentro de Ana veo que ella tiene un vestido exactamente igual al mío salvo que era de color rojo. Le digo:
—Ya estoy lista, Señora.
—Estás hermosa. Si no fuera que nos están esperando te penetraba ahora mismo. Además ya estás fuera de tu horario laboral: por hoy seremos dos amigas y no es necesario que me digas Señora; Ana será suficiente.
—Muy bien, Ana. Confieso que estoy nerviosa, pero vamos de una vez.
—Perfecto. Aquí tienes por si precisas algo —me dice mientras me alcanza un bolso femenino conteniendo algunos artículos de maquillaje y un par de preservativos (que de manera indudable me anunciaron cómo terminaría la cena).
Tomamos el ascensor hasta el departamento de nuestros amigos y al abrir la puerta me encuentro con Marisa. Tenía puesto un vestido de color verde pálido con un estilo que me hacía recordar la moda de los años cincuenta: una falda amplia justo a la altura de las rodillas y muy ajustado en el torso, marcando (y mucho) su generoso busto.
Nos saludamos con un beso en la mejilla y lo mismo Ana. Al entrar al departamento nos encontramos con Matilde que tenía un vestido igual al de Marisa pero esta vez de color azul.
Pasamos a la sala, nos sentamos a tomar unas copas de vino mientras charlábamos como si fuese lo más natural del mundo, de una forma distendida como si realmente fuese un encuentro entre viejas amigas.
Hablamos de maquillaje, de moda, algunos comentarios sobre cine, etc. Finalmente pasamos al comedor donde tomamos la cena.
Aquí el tono de la conversación cambió un poco ya que Ana y Matilde comenzaron hablando de lo positivo que era cenar solas sin que sus maridos bromearan sobre lo ingenua que era la conversación de las mujeres.
En algún momento Ana pregunta:
—¿Qué opinas, Samanta? ¿Prefieres una cena como esta solo de mujeres o la versión anterior?
—Tengo que reconocer que es agradable y distendida.
—¿Y Marisa qué opina? —preguntó Ana.
—La verdad me gusta. Ha sido una experiencia muy placentera para mí. Además este vestido me enloquece; hasta me tienta la idea de ir a hacer las compras con él.
—Si haces eso prepárate para que te acosen en la calle —le respondió Matilde.
—Tengan cuidado: puede hacerse realidad antes de lo que esperan —acotó Ana de una forma que me hizo preguntarme a qué se refería.
—¿Por qué no continuamos en la sala? —preguntó Marisa—. Como anfitrionas, con Matilde hemos preparado una actividad sorpresa que estoy segura les encantará.
Intrigadas sobre cuál sería la actividad que tenían preparada —que indudablemente nos incluía tanto a Ana como a mí— nos dirigimos a la sala donde nos sentamos una junto a la otra en uno de los sillones.
—Bueno, ¿qué tendremos que hacer? —pregunté.
—Para vos, nada nuevo —me respondió Matilde— y para Ana algo que sé que está fantaseando hace tiempo —dijo Matilde.
Ni bien termina de decir esto Matilde se para frente a Ana y Marisa frente a mí, levantan su falda y dejan ver su sorpresa, la cual estaba oculta bajo la amplia falda acampanada que tenían las dos: Marisa una hermosa erección y Matilde un arnés con un consolador que haría la envidia de cualquier actor porno.
—Ahora ya saben lo que tienen que hacer —dice Matilde acercando su pene artificial a la boca de mi esposa.
—Y para que sepan, la comida estaba aderezada con una buena cantidad de viagra, así que esta será una larga noche —acotó Marisa.
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